Daniel Lacalle

Francia, a la segunda vuelta. Susto o Muerte

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“The time is right to keep the flame burning. Turn the key and you´ll open the door” Les Holroyd

Las elecciones presidenciales francesas han mostrado varias evidencias. La segunda vuelta vuelve a enfrentar a un candidato moderado, Macron, con uno ultraderechista, LePen. Esto ya ocurrió hace años entre Chirac y LePen padre… La gran diferencia es que, entonces, entre la ultraizquierda y la ultraderecha no acaparaban más del 40% de votos (a cierre de este artículo).

La más que previsible euforia de los analistas ante una segunda vuelta que concentre el voto moderado en Macron no puede hacernos olvidar que la sociedad francesa ha reaccionado al estatismo feroz e intervencionista de Hollande aumentando el apoyo a más radicalismo ultra-intervencionista.

El desastre del partido socialista -prometiendo unicornios, haciendo plan de estímulo tras plan de estímulo y subida de impuestos tras subida de impuestos- ha sido espectacular. No solo no ha parado el populismo ultraizquierdista y ultraderechista, sino que lo ha blanqueado y alimentado, al repetirle hasta la saciedad a los ciudadanos que las soluciones mágicas de gasto eterno y desequilibrios constantes eran viables. Y entre el populismo diluido de Hamon y el de los Reyes Magos totalitarios de Melenchon o LePen, pues casi mejor el original.

La caída de un centro-derecha que lleva muchos años renunciando a sus principios de libre mercado y defensa de la baja fiscalidad para entregarse a copiar al partido socialista, ha hecho que Fillon, además de los escándalos, no resultara creíble en sus propuestas de reforma, entre otras cosas porque ha estado en grandes puestos de responsabilidad y esas reformas se retrasaron para perpetuar el intervencionismo que ahora criticaba.

Ambos, Hamon y Fillon, han solicitado el voto para Macron en la segunda vuelta, lo cual lleva a una alta probabilidad de una segunda vuelta de victoria moderada.

 

La incapacidad de los partidos tradicionales de responder a las preocupaciones reales, incluidas la amenaza terrorista y la inmigración, y su error histórico de retrasar las reformas eternamente, ha pasado factura.

 

EL RETO DE MACRON, SI GANA LA SEGUNDA VUELTA

Ahora el problema de Francia es recuperar el dinamismo perdido en una economía que el propio Macron calificaba de “esclerótica”. Existen muchas dudas sobre su verdadero impulso reformista, evidenciada por sus actuaciones cuando ha sido ministro. Pero hay que darle el beneficio de la duda. Se enfrenta a un parlamento radicalizado, de partidos tradicionales casi hundidos y de cuenta-cuentos que -aunque no ganen-, avanzan, y mucho.

Reducir el impuesto de sociedades, reducir costes laborales, llevar a cabo una reforma laboral similar a la española y políticas de integración de inmigrantes son parte de las propuestas de Macron, urgentes, pero debemos esperar a ver si gana la segunda vuelta y si tiene los apoyos para hacerlo.

Lo hemos comentado en alguna ocasión en esta columna y en Viaje a la Libertad Económica (Deusto). Hace sólo quince años, Alemania y Francia tenían déficits y deudas similares. Ninguna de las dos economías era, ni es, un modelo ‘liberal’ ni mucho menos, pero siempre habían cuidado a sus empresas. Alemania tomó el camino de las reformas y Francia el de “política del avestruz”, ignorar los desequilibrios, atacando a su propia línea de flotación con políticas fiscales y de gasto confiscatorias para sostener un sector público hipertrofiado.

La última vez que Francia tuvo un presupuesto equilibrado fue en 1980, y desde 1974 nunca ha generado superávit, la deuda pública alcanza el 96% del PIB, lleva dos décadas en estancamiento, un paro del 10% (de 23,6% paro juvenil) y en 2017 sigue con déficit por cuenta corriente de 6.500 millones de euros mientras la Eurozona registra superávit. Alemania registra superávit presupuestario, crecimiento, mucho menos paro (3,9%) y menor deuda (71%). Como en España, los candidatos se han ocupado de echar la culpa de los problemas del país al extranjero, a ‘la globalización’ o ‘el euro’, sin embargo, las comparaciones con Alemania hunden esos argumentos. Aún más hilarante ha sido escuchar a LePen y Melenchón, el Ying y el Yang del extremismo, echar la culpa a “los recortes” o “la austeridad”.

En un país donde el gasto publico supera el 57% del PIB, donde los presupuestos de las administraciones públicas han crecido más de un 13% desde 2008 y el 22% de la población activa trabaja para el Estado, administraciones locales y entes públicos, y más de la mitad de la renta del trabajo se pierde en impuestos y retenciones. Además, Francia ha gastado decenas de miles de millones en ‘planes de estímulo’ desde 2009. En concreto, 47.000 millones en 2009, 1.240 millones a la industria del automóvil y dos ‘planes de crecimiento’ en el mandato Hollande: 37.600 (‘inversiones’) y 16.500 millones (‘tecnología’). Y Melenchon hablaba de recortes y falta de gasto.

El problema es el dirigismo económico, que ahoga el potencial de una nación rica y con enorme potencial, que no debería conformarse con tener mejores datos económicos que le periferia. Francia debería compararse con las economías líderes del mundo.Y el problema con el que se enfrenta el próximo presidente de Francia es que, repitiendo los errores del pasado, no van a recuperar el dinamismo de un país que no debería contentarse con el estancamiento secular y perpetuar sus desequilibrios.

Desafortunadamente, los resultados de las elecciones nos han mostrado que una enorme parte del electorado piensa que el socialismo dirigista no ha funcionado porque no se ha hecho más de lo mismo. Una enorme parte del electorado prefiere creer que dos más dos suman veintidós y que van a ser más ricos si les quitan más dinero a los que producen para dárselo a los que no lo hacen.

Anoche ganó el proyecto europeo y muchos respirarán aliviados, pero esa esperada victoria no puede hacernos olvidar lo más importante: Blanqueando y legitimando el mensaje populista no se les combate, se les dan alas.

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