El año que termina ha sido un año que ha sorprendido al alza en todos los sentidos. Recordemos lo que ha pasado para poner en contexto lo positivos que son los datos. Hemos tenido una crisis financiera en el caso del Popular, unos atroces y viles atentados en Cataluña y, también en Cataluña, una crisis constitucional inimaginable. Si yo les hubiera dicho a finales de 2016 que todo eso iba a ocurrir, nadie se imaginaría que la economía crecería como lo ha hecho.
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Una empresa alemana media paga de impuesto de sociedades una cantidad aparentemente aceptable, hasta que le añade todos los impuestos locales, regionales, medioambientales y los que se van inventando cada día, y resulta que dicha empresa alemana media paga más del 31% de impuestos, en algunos casos llega a superar el 50%. Un estudio del Centre for European Economic Research (ZEW) alerta del riesgo de pérdida de inversiones en la Unión Europea al obcecarse Europa en mantener una fiscalidad no competitiva y casi confiscatoria.
Al día siguiente de las elecciones catalanas, o cualquier elección, deberíamos tener un compromiso unánime de todos los partidos del parlamento con la seguridad jurídica, el imperio de la ley y la credibilidad crediticia. Sin embargo, es más que probable que eso no ocurra tras las pasadas elecciones.
Hace unos días, un político anunciaba orgulloso que no le importaba la fuga de más de 3.000 empresas sacando sus sedes de Cataluña, según datos del Colegio de Registradores Mercantiles. ¿Por qué? Porque “se quedan las pymes y la parte productiva”. Exxon tiene su sede corporativa en Irving, Texas. ¿Se imaginan a un político en Irving diciendo que no le preocuparía la salida del gigante petrolero porque “solo es la sede social” y “tienen muchas pymes”, en el hipotético caso de que se trasladara? No, ¿verdad? Pero es que nuestros políticos son especiales, y consideran que pueden decir lo que les dé la gana y el mundo debe moverse alrededor de ellos.