La nueva crisis migratoria en Ceuta no es un episodio aislado ni una simple emergencia fronteriza. Es el resultado de un modelo político y económico profundamente irresponsable y dañino. Sánchez presume de crecimiento agregado mientras destroza la cohesión, la productividad, la renta real neta por habitante y las instituciones. España no es un ejemplo de crecimiento, integración de la inmigración ni cohesión. Es un espejismo estadístico dopado por el aumento de población y una bomba de relojería fiscal. Ha tenido que llegar una crisis migratoria para que la Unión Europea despierte.
La inmigración ilegal no es una fatalidad ni una receta de crecimiento y sostenimiento de las cuentas públicas; es una estrategia de control y demolición de la nación desde dentro, con el objetivo de crear una subclase dependiente y rehén, comprar votos alterando la demografía y trasladar a las generaciones venideras el enorme coste para el Estado de un aumento de población cuya contribución neta a las cuentas públicas es ampliamente negativa.
España se presentaba, por parte de la progresía, como un modelo de integración de inmigrantes. Nunca fue cierto y ahora es una crisis en toda regla. La ola de inmigración ilegal descontrolada es el resultado directo de las políticas del Gobierno socialista: regularizaciones masivas, subvenciones y el mensaje constante de que la inmigración ilegal sale rentable.
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