Sánchez ha creado una crisis diplomática con Estados Unidos con un triple objetivo: desviar la atención del Koldogate y de los escándalos que le acosan, arrebatar el decrépito voto de la ultraizquierda y sentar las bases para entregar el tejido productivo de España a China.
Él está dispuesto a “asumir el coste político” porque es su última baza para aferrarse al poder y porque ese coste lo van a pagar los españoles.
A Sánchez no le importa el derecho internacional ni los derechos humanos. Usa esas excusas para proteger a todas las dictaduras comunistas y terroristas con una apelación meliflua al diálogo y la diplomacia que esconde connivencia.
Para Sánchez, el comodín anti-Trump es la última oportunidad de aferrarse al poder, apelando a las emociones pacifistas de un electorado que traga con la hipocresía y la falsa neutralidad del Gobierno.
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