Irán ya ha perdido la guerra. El arma de Ormuz se vuelve contra el régimen

Irán ya ha perdido la guerra. El arma de Ormuz se vuelve contra el régimen

Irán ha perdido la batalla de Ormuz y hoy se encuentra en un callejón que solo tiene una salida: negociar. 

La economía iraní está destruida, el rial se hunde a mínimos históricos y la industria petrolera y de refino se acerca al colapso.

El estrecho de Ormuz sigue siendo relevante, pero cada día pesa menos en la seguridad energética global y más en la agonía del propio régimen iraní.

El régimen iraní desveló su mayor debilidad al usar la amenaza de Ormuz contra el mundo: los que más dependen del estrecho son Irán y su socio estratégico, China.

El régimen iraní presentó el estrecho de Ormuz como el gran punto de estrangulamiento del comercio mundial de petróleo sin darse cuenta de que las amenazas y dependencias hacen saltar los resortes de las alternativas.

Irán ha jugado una carta perdedora en el comercio global: la de intentar perjudicar a sus socios comerciales. En vez de aprender de sus socios de la OPEP, que hace mucho que entendieron que la influencia no se consigue desde el chantaje, pensó que su insignificante posición global iba a poner a Estados Unidos y Occidente de rodillas.

La combinación de arrogancia e ignorancia del régimen iraní le llevó a pensar que una carta importante era garantía de éxito. Sin embargo, Estados Unidos vio su órdago a grande con tres pitos. Cerca del 80% de los volúmenes que antes dependían de Ormuz han sido sustituidos o compensados por exportaciones de Estados Unidos y otros productores, reduciendo de forma drástica el poder de chantaje iraní.

Al mismo tiempo, aproximadamente el 80% de las exportaciones totales de Irán, el 60% de los ingresos fiscales del régimen y alrededor del 25% de su PIB siguen dependiendo de que el estrecho permanezca abierto, lo que deja a Teherán en una posición estructuralmente más vulnerable que a sus rivales. Cuanto más intenta militarizar Ormuz, más evidencia que es él, y no Occidente, quien no puede permitirse cerrarlo.

La transformación del mercado energético ha vaciado de contenido el viejo relato de la dependencia de Oriente Medio. Esto, que el resto de la OPEP y Emiratos entienden perfectamente, ha sido ignorado por un régimen ensimismado en su propia propaganda. Estados Unidos se ha consolidado como la superpotencia energética global, líder en producción de petróleo y gas, y exportando volúmenes récord de productos petrolíferos —8,2 millones de barriles al día—, gas natural licuado (GNL), diésel, combustible de aviación y fertilizantes hacia Europa, Asia y América Latina. Esto, unido a las decisiones de cambio de ruta, reduce el peso de los barriles que aún tienen que transitar por Ormuz.

A nadie se le escapa que el anuncio de Emiratos de abandonar la OPEP ha generado pánico en Irán, ya que puede poner en el mercado 4 millones de barriles al día adicionales rápidamente. Por eso lanzaron un ataque ridículo que demostró su desesperación y, a la vez, su raquítica posición militar. Irán pensó que la mejor manera de que sus socios de la OPEP apoyaran al régimen era bombardearlos. Craso error típico de un régimen arrogante y acorralado.

Productores como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han invertido en capacidad adicional y pueden aportar hasta ocho millones de barriles diarios de producción y exportación. A corto plazo, pueden poner más de 3,5 millones de barriles al día, que sustituyen prácticamente todo el crudo iraní en el mercado, tanto en volumen como en calidad. La creciente firma de contratos de suministro a largo plazo con proveedores estables fuera de la órbita iraní, anunciada por diferentes empresas del golfo en las últimas semanas, refuerza esta tendencia de sustitución permanente.

Las grandes navieras y operadores de energía actúan ya como si Ormuz fuese crónicamente inseguro. Grupos como CMA CGM, MSC y Maersk están redirigiendo tráfico, descargando contenedores en puertos alternativos del golfo de Omán y del mar Rojo —Khor Fakkan, Fujairah o Sohar, entre otros— y completando la cadena con feeders y transporte por carretera dentro de la península arábiga.

Las rutas que antes priorizaban Ormuz y el canal de Suez se desvían ahora de forma sistemática por el cabo de Buena Esperanza, asumiendo mayores costes, eso sí, pero reduciendo el riesgo geopolítico estructural. Cuando las empresas diseñan de entrada sus cadenas logísticas como si el estrecho fuese un factor de riesgo permanente, Ormuz deja de ser un punto único de poder y pasa a ser solo una variable de coste y tiempo en un sistema diversificado.

El gran fracaso de Irán ha sido tratar al mundo como trata a sus ciudadanos.

El régimen, que no tiene apoyo popular alguno y solo se sostiene por un sistema de terror y represión, que prohíbe internet desde hace más de dos meses y ahorca diariamente a civiles, pensaba que podía hacer lo mismo que hace a los pobres ciudadanos iraníes con el mundo. Y se equivocó.

La tercera pata de este cambio estructural es la red de oleoductos que evita Ormuz. Arabia Saudí ha ampliado su Petroline, que traslada crudo desde los campos orientales hasta la costa del mar Rojo, y Emiratos exporta petróleo directamente desde Fujairah, al margen del estrecho.

Cada kilómetro adicional de infraestructura terrestre y alternativa logística resta valor estratégico a Ormuz y traslada poder desde los cuellos de botella marítimos hacia redes de transporte diversificadas y protegidas. Irán, en cambio, depende de una única vía vulnerable que, además, ya no controla en términos de narrativa ni de capacidad real de daño.

El bloqueo naval estadounidense sobre los puertos iraníes ha forzado el primer gran recorte de producción de crudo de Irán desde el inicio de la guerra regional. Datos de miembros de la OPEP muestran que ya se han bloqueado exportaciones iraníes de crudo por unos 6.000 millones de dólares, mientras que las ventas diarias han caído de unos 2 millones de barriles a menos de 600.000, una caída de más del 70%.

Los petroleros cargados con crudo iraní se acumulan frente a la isla de Kharg, principal terminal exportadora del país, incapaces de zarpar o descargar, y los analistas, desde Bloomberg a Reuters, calculan que Teherán podría agotar la capacidad de almacenamiento flotante —entre 65 y 75 millones de barriles— en apenas unas semanas. Eso obligaría a cerrar pozos, deteriorando los yacimientos y destruyendo capacidad productiva a medio plazo.

Las refinerías de Irán, ya dañadas por años de mala gestión del régimen, están al borde del colapso operativo. Más de 50 plantas petroquímicas han tenido que detener su actividad, según fuentes locales independientes e Iran International.

Sin repuestos importados, bajo sanciones tecnológicas y con una estructura obsoleta, las refinerías operan con márgenes mínimos, sufren cortes intermitentes y dependen de crudo almacenado en instalaciones de emergencia o en tanques improvisados, hasta el punto de recurrir a depósitos abandonados para acopiar petróleo. Esta situación reduce la capacidad de procesar combustibles para consumo interno. Irán está a punto de quedarse sin gasolina.

En este contexto, el rial iraní ha tocado un nuevo mínimo histórico en el mercado informal, depreciándose hasta alrededor de 1,8 millones de riales por dólar. Los ciudadanos iraníes rechazan la moneda local y la fuga de capitales, que ya era la norma desde 2022, se ha intensificado. Los bancos iraníes están en una situación desastrosa, acumulando deuda pública inservible e impagable y con reservas en caída libre.

La caída del tipo de cambio se traslada de inmediato a los precios internos en una economía altamente dependiente de bienes importados, desde alimentos y medicinas hasta materias primas industriales. En el último mes, el precio del pollo se ha disparado un 75%, la carne vacuna cerca de un 68% y los productos lácteos alrededor de un 50%, según reportes de agencias internacionales. La inflación general oficial supera ya el 50% anual y amenaza con desbordarse si el colapso de la moneda se consolida. Esta inflación se suma a años de desastre inflacionario antes de la guerra. No olvidemos que ya en 2025 era superior al 40%.

La industria de alfombras en la región de Kashan opera a apenas un 20% de su capacidad, mientras que la construcción está prácticamente paralizada, según el LA Times.

El propio Ministerio de Trabajo iraní estima que se han perdido ya al menos un millón de empleos directos y economistas locales advierten de un efecto contagio que podría poner en riesgo entre 10 y 12 millones de puestos de trabajo, aproximadamente la mitad de la fuerza laboral del país. Miles de fábricas, siderúrgicas y complejos petroquímicos se encuentran cerrados o trabajando muy por debajo de su capacidad, lo que profundiza la recesión y agrava la fuga de capital humano.

El retroceso de Irán no es solo económico, sino estratégico.

La llamada doctrina de “defensa adelantada” —proyectar su influencia mediante grupos terroristas en Líbano, Siria, Irak y Yemen— se ha erosionado con la degradación de la capacidad de Hezbollah, la caída del régimen sirio, el colapso de Hamás y los golpes a sus redes regionales.

El corredor terrestre que conectaba Irán con el Mediterráneo se ha fracturado, sus milicias terroristas son cada vez más caras de financiar y Teherán se ha visto forzado a recurrir a ataques directos con misiles y drones desde su propio territorio y a cientos de kilómetros del objetivo, exponiendo sus limitaciones militares convencionales. Al mismo tiempo, su estructura nuclear ha sido completamente demolida.

Aunque el cierre parcial de Ormuz y la guerra han elevado los precios del Brent, las economías avanzadas disponen de reservas estratégicas, alternativas de suministro y mercados financieros sólidos que amortiguan el shock mucho mejor que Teherán. El resultado es que el coste relativo del conflicto es mucho más alto para Irán que para sus adversarios.

Todo esto no significa que Ormuz haya dejado de ser relevante, pero tampoco podemos olvidar a Omán, que es una parte clave de su desbloqueo a largo plazo. La tendencia es clara, y la importancia relativa del estrecho cae cada día a medida que el mercado se adapta, diversifica rutas y aumenta la capacidad de respuesta de productores alternativos.

Ormuz ha mostrado que Irán se ha ahogado con su propia soga y ha perjudicado a China, receptor del 78% del tránsito por el estrecho.

La combinación de arrogancia e ignorancia del régimen lo ha convertido en enemigo de sus antiguos socios, un peligro para sus socios comerciales y adversario del mundo.

Acerca de Daniel Lacalle

Daniel Lacalle (Madrid, 1967) es Doctor en Economía, profesor de Economía Global y Finanzas, además de gestor de fondos de inversión. Casado y con tres hijos, reside en Londres. Es colaborador frecuente en medios como CNBC, Hedgeye, Wall Street Journal, El Español, A3 Media and 13TV. Tiene un certificado internacional de analista de inversiones CIIA y un máster en Investigación económica y el IESE.

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