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Se dispara la economía zombi: el BCE y la alternativa del diablo

Algo va mal en el paraíso de la planificación centralizada. El jueves, ante la fortaleza del euro contra el dólar y sus monedas de referencia, el Banco Central Europeo (BCE) decidió dar unos mensajes de tranquilidad.

“La inflación no está donde debiera”, decía el presidente del Banco Central Europeo, aunque ningún consumidor en ningún país de ningún continente de ningún planeta esté de acuerdo con esas palabras. Vivimos la evidencia de que la inflación por decreto es una sandez y el resultado empírico de que aumentar la masa monetaria agresivamente no sube los precios –menos mal- pero dispara la inflación de activos de riesgo en bonos y acciones.

Los planificadores centrales se llevan las manos a la cabeza ante la revalorización del euro, casi un 11% contra el dólar, a pesar de todos los esfuerzos para conseguir lo contrario. El anuncio de que la política monetaria se mantendrá extremadamente flexible no solo no debilita al euro, sino que lo fortalece, poniendo las expectativas de inflación en territorio negativo.

Recordarán ustedes que hace unos meses las expectativas de inflación se disparaban ante unas estimaciones de crecimiento de ciencia ficción y las esperanzas burbujeras con los precios de materias primas. Pues bien, dichas expectativas de aumento de precios se han reducido un 50% en poco más de un mes.

Los tipos bajos y alta liquidez perpetúan los desequilibrios, mantienen la sobrecapacidad –que en Europa sigue siendo del 20%- y disparan el número de empresas zombi.

¿Qué son empresas “zombi”? Según el BIS (Bank of International Settlements) aquellas empresas cotizadas de más de diez años de vida que generan un beneficio operativo inferior al coste del pago de intereses de la deuda. Es decir, empresas que se mantienen vivas a través de refinanciaciones constantespero no mejoran en su capacidad de repago.

 

Las empresas zombi son las que se mantienen vivas a través de refinanciaciones constantes pero no mejoran en su capacidad de repago

 

El propio BIS muestra que ese porcentaje de empresas ha aumentado un 35% desde que se lanzó la política monetaria expansiva en EEUU y posteriormente en todo el mundo, pero sobre todo es preocupante que el porcentaje se haya disparado en los últimos años. Es decir, no está mejorando la capacidad de repago a pesar de los tipos bajísimos y la alta liquidez.

El BCE ante su propia trampa

Ahora, si añadimos a las cotizadas, las pymes y estatales “zombi”, probablemente nos llevaríamos una enorme sorpresa negativa. Ni que decir tiene, si añadiéramos los países deficitarios que no pueden absorber un aumento de 0,5% en el coste de la deuda.

El BCE se encuentra ante la alternativa del diablo generada por su propia trampa. El crecimiento económico no llega al 2%, menos de un tercio del aumento de la masa monetaria, y el aumento de crédito e inversión son también pobres, porque no hay demanda de crédito solvente y a nadie, excepto a los planificadores centrales, se le escapa que hay exceso de capacidad. Pero si deja de insuflar el “gas de la risa monetario”, caen, por orden, todas esas empresas “zombi”, se disparan los préstamos de difícil cobro de los bancos, que siguen cercanos a 900.000 millones de euros en la Eurozona, y los estados deficitarios serían incapaces de absorber un ligerísimo aumento de los costes de la deuda. Eso, con una deuda sobre PIB de casi el 90% y un gasto público del 40%, es un problema.

Si analizamos el impacto de la política monetaria como un análisis de riesgo-beneficio, es evidente que el beneficio –menores costes de deuda, más liquidez- no suple los riesgos de una torre de cartas sostenida por la política de la patada hacia delante.

La idea de que no pasa nada porque no hay inflación es simplemente ignorar, como antes de todas las crisis, la acumulación de riesgo en los activos que consideramos más seguros, en este caso los bonos soberanos.

Pensar que la Unión Europea no tiene riesgos por la política del BCE porque la Reserva Federal hace lo mismo y “no pasa nada” –aunque sí pasa-, es ignorar el mercado secundario. El dólar es la moneda de reserva del mundo, y la Reserva Federal siempre analiza el mercado secundario para asegurar que la demanda de dólares y de bonos es alta.

Si el BCE para el gas de la risa monetario, el efecto dominó de las crisis cerradas en falso, vía bonos soberanos y aumento de impagos corporativos, parece difícil de contrarrestar dado que el crecimiento de la productividad es muy pobre y la velocidad del dinero se mantiene a niveles paupérrimos.

Si el BCE mantiene la política monetaria, el exceso de liquidez de 1,2 billones de euros y el incentivo perverso de seguir acumulando riesgo en sectores de baja productividad, aumentará una burbuja de difícil contención.

Si nos lanzamos –por enésima vez- a más planes industriales con dinero del contribuyente “aprovechando” que los tipos son bajos, volveremos a crear un problema aún mayor de exceso de capacidad del que no saldremos exportando.

Por lo tanto, la apuesta alcista al Euro está fundamentada en expectativas de ciencia ficción que se rebate con cualquier análisis serio de demografía, capacidad ociosa, deuda y beneficios.

Pero Draghi lo sabe. Lo hemos comentado en esta columna varias veces. Es un gran conocedor de los incentivos perversos a endeudarse y aumentar desequilibrios que generan las mal llamadas políticas expansivas.

Las políticas “expansivas” solo expanden la deuda.

Draghi sabe que un euro fuerte ni impide el crecimiento de exportaciones, que están a nivel récord mundial, ni es malo para los consumidores, que tienen la inmensa mayoría de sus ahorros en depósitos. Por ello, prefiere el efecto positivo para la economía real que el efecto negativo para los rentistas, que sí necesitan la subvención encubierta que es una devaluación.

 

Draghi sabe que un euro fuerte ni impide el crecimiento de exportaciones, que están a nivel récord mundial, ni es malo para los consumidores

 

Pero también sabe que hay una incongruencia fundamental entre un euro fuerte, la caída de los bonos reciente y las elevadas valoraciones de la bolsa, si lo comparamos con las expectativas de inflación y estimaciones realistas de crecimiento. Y tiene que dar mensajes mucho más claros para evitar un efecto negativo en la acumulación de burbujas en activos de riesgo.

El problema es que al BCE se le ha ido la política monetaria de las manos.

No crea inflación. Menos mal, es el impuesto de los pobres.

No aumenta de manera relevante expectativas de crecimiento. Un crecimiento del 1,7% con un aumento del balance del BCE hasta un 25% del PIB de la eurozona no es “apoyar el crecimiento”, es engordar.

No devalúa la moneda. El euro se usa casi exclusivamente entre países de la eurozona, por lo tanto, cuando estos empiezan a aumentar gastos, fortalece la moneda.

Sin embargo, el riesgo de que parar la expansión cuantitativa genere enormes caídas en los activos financieros, sobre todo en los bonos soberanos, le impide corregirla a tiempo.

Se supone que la política monetaria compra tiempo para que estados, bancos y empresas solucionen sus desequilibrios pero, al perpetuarse, se convierten en incentivos perversos para aumentar los desequilibrios. Ignorar la acumulación de riesgo es peligroso.

Soluciones ante el reto tecnológico

La cuarta revolución industrial, y el avance de las tecnologías disruptivas, se están analizando en la Unión Europea desde una perspectiva errónea, como hemos comentado en varias ocasiones. Nos planteamos la revolución digital como una amenaza, y desde una perspectiva recaudatoria, fiscal. Exageraciones del estilo de “los robots nos quitarán el trabajo” y ridiculeces como “que las máquinas paguen seguridad social”.

Sin embargo, el enfoque erróneo, tratar de preservar el pasado subvencionando a los sectores obsoletos y penalizando a las nuevas tecnologías, no solo no funciona, sino que no protege nada y, encima, nos hace perder la carrera de la innovación, poniendo escollos al cambio del patrón de crecimiento.

Sí, las tecnologías disruptivas tienen un efecto desinflacionista y fiscal. La democratización de la tecnología genera mucha mayor calidad de vida y prestaciones para todos, pero estorba a la vieja economía y a algunos gobiernos porque los precios no aumentan. La tecnología favorece la eficiencia, y sus economías, basadas en el inflacionismo y la deuda, sufren si no se disparan los precios.

 

La democratización de la tecnología genera mucha mayor calidad de vida y prestaciones para todos, pero estorba a la vieja economía y a algunos gobiernos porque los precios no aumentan

 

¿Quién se beneficia de las subidas de precios? Ningún consumidor, solo los sectores de bajo valor añadido y los gobiernos y sectores de baja productividad endeudados, que esperan que la deuda se les “desinfle” con la inflación. La inflación, el impuesto de los pobres, tiene un enemigo en la tecnología.

Pero, además, la tecnología genera menores ingresos fiscales de los que les gustaría recibir a los gobiernos de “no tenemos un problema de gasto, sino de ingresos”. El caso reciente en Francia, con la victoria de un gigante tecnológico contra las veleidades confiscatorias del fisco galo, es muy revelador, y además con consecuencias en toda la Unión Europea, que está demasiado acostumbrada a hacer estimaciones de cuento de la lecherade ingresos fiscales debidos.

La tecnología destruye las veleidades de que el gasto público solo puede crecer y ratios tan hilarantes como “funcionarios por habitante”. Sin embargo, la cuarta revolución industrial es una gran ventaja para todos, no una amenaza.

Los gobiernos tienen que gestionar mejor, no esperar que el mundo se adapte a sus decisiones de gasto. Porque los gobiernos están al servicio de una sociedad cambiante, no al revés.

El reto de la tecnología no se soluciona poniendo obstáculos burocráticos y fiscales, sino desde la formación y permitiendo que crezcan las empresas de alto valor añadido.

Ya comentábamos aquí que el alarmismo sobre la tecnología esconde las ansias intervencionistas de algunos, pero es que incluso si tuvieran razón, las soluciones que proponen son miopes e inútiles. Si de verdad les preocupase la digitalización estarían favoreciendo -no obstruyendo- la creación y el desarrollo de líderes tecnológicos y facilitando la formación desde el trabajo para crear líderes y expertos. Pero no.

Desde el punto de vista fiscal, la perspectiva miope de intentar recaudar de manera injusta de donde no tienen derecho no ayuda al cambio ni a la mejora.Los impuestos se pagan donde se crea el valor añadido y se tiene la estructura empresarial, no donde le apetezca a un gobierno. La doble imposición fue un desastre para el crecimiento y el desarrollo y caer en esos errores ni soluciona el agujero fiscal ni el laboral.

Seamos claros.

Los robots no destruyen empleo. Los gobiernos intervencionistas, sí.

En Corea del Sur, hay unos 531 robots por cada 10.000 empleados, el paro es del 3,3%. En Singapur, 381 y un paro del 2,7%. En Francia, paraíso del obstruccionismo y la subvención, 127 robots por cada 10.000 empleados, y un paro del 9,6%. Datos de la Federación Internacional de Robótica y la OCDE ¿Quién destruye empleo, la tecnología o la burocracia?

 

Si la tecnología destruyera trabajo, hoy no existiría el empleo, tras décadas de revolución sin parangón.

Los robots no destruyen empleo. Los gobiernos intervencionistas, sí

 

El agujero fiscal solo se puede solucionar de tres maneras:

Primero, dejando de subvencionar al improductivo para penalizar al productivo. Ni se ha conseguido crear empleo, ni mejorar salarios ni liderar el cambio de modelo productivo.

Segundo, abandonando de una vez, y ya deberíamos aprendido, los planes “de estímulo” para crecer que solo dejan deuda y paro.

Tercero, con la mejora de calidad de vida y avance que genera la tecnología, generando mejores ingresos fiscales y más sostenibles por mejora de actividad económica y productividad, que sólo ha empeorado desde la tozudez de “sostener el PIB” con políticas de demanda.

Atacar a las tecnologías disruptivas desde un punto de vista burocrático y fiscal es un enorme error. A esas empresas se les tenía que poner un monumento, no atacarlas. Pero, además, deberíamos crear millones de ellas, para liderar la verdadera revolución, que no es solo la tecnológica, sino la del valor añadido. Y la estamos perdiendo desde la glorificación del burócrata.

Intentando sostener los sectores rentistas vía subvenciones no creamos empleos, penalizando al productivo los destruimos. Y, si les preocupara el empleo y los salarios, aquello que fingen defender, apoyarían a los sectores disruptivos, que hacen que el poder adquisitivo de los salarios aumente, que la calidad de vida sea mayor y se democratice el conocimiento.

La tecnología no pone en peligro los servicios públicos, los hace mejores y más eficientes. Lo que pone en evidencia es lo innecesario de la enorme cantidad de capas burocráticas que hemos creado.

Si quieren recibir más ingresos, no asalten a los que crean mejores puestos y mejor pagados, dejen que se desarrollen. Y creceremos más, pagaremos mejor y lo haremos de una manera más sostenible.

 

Lo único que intentan proteger es el sistema obsoleto y rentista, y ahogar a impuestos después echando la culpa a los robots

 

Bajo la excusa de defender el empleo lo único que intentan proteger es el sistema obsoleto y rentista, y ahogar a impuestos después echando la culpa a “los robots”. Por eso los mismos que sueltan alarmismos sobre la tecnología son los que defienden el inflacionismo y el intervencionismo. Los mismos que se preocupan por el clima y la sostenibilidad subvencionan el exceso de capacidad para aumentar el consumo y el precio de las materias primas. No por el estado del bienestar sino por sostener el bienestar del estado.

Si le preocupa su pensión o su sanidad, no se preocupe por los robots, preocúpese -y mucho- por el que le dice que lo va a solucionar todo construyendo cosas innecesarias, poniendo puertas al campo y subiendo impuestos.

Si le prometen protegerle del cambio eliminándolo, en vez de liderándolo, ni le protegerán ni lo eliminarán. Pero la factura sí la pagará usted.

El techo de gasto y el techo nefasto

¿Cómo se consigue que quiebre un país y se hunda el estado de bienestar?

 Haciéndolo insostenible. Luego, con la debacle, se quejan de los “recortes”, y vuelven a quebrar el país.

Y es que tenemos una peligrosa mayoría de políticos que siempre piensan que usted gana demasiado y ellos gastan demasiado poco.

En España ya vivimos las consecuencias de “gastar lo que sea necesario” porque “el problema es de ingresos, no de gastos”. En tres años -en tres- acumulamos un déficit de más de 100.000 millones de euros anuales. Todo con mucha dignidad.

Esos mismos que aprobaron el techo de gasto de 2017, ahora rechazan el de 2018. Curioso, porque el presupuesto de 2018 incluye más partidas sociales que nunca, y todas ellas -sanidad, educación- se sitúan por encima de 2011.

En 2017 alcanzaremos un récord histórico de ingresos. 203.570 millones de euros en impuestos, más que nunca. Récord en IRPF, IVA e Impuestos Especiales y el segundo mejor año de Impuesto de Sociedades, solo superado por el aterrador y -esperemos- nunca replicable pico de la burbuja. Eso a pesar de que las bases imponibles han caído por la debacle de los sectores ultra cíclicos y que casi el 40% de las empresas siguen en pérdidas.

Pero a los redistribuidores de la nada les parece poco. Piden un “suelo de ingresos”, la sandez más grande jamás propuesta, y que demuestra la visión de que empresas y familias están al servicio de los burócratas y no al revés.

No existe sector público sin un sector privado potente. Y no “suelo”, el sótano oscuro y maloliente sin ingresos es el que consiguen con políticas anticuadas e ineficaces de asaltar a los sectores productivos a impuestos. Con sus políticas de expolio se consigue destruir los ingresos del estado a través del destrozo de la actividad económica, la inversión y el empleo, y, con ello, el estado de bienestar que fingen defender.

España ingresa y gasta menos que otros países, es su excusa. Para ello, empiezan la casa por la ventana. No creando más riqueza, más empresas y más empleo, sino negando el riesgo y gastando antes de recaudar. Todo con la excusa de los ricos.

Los que se pasan el día mencionando a otros países a la hora de gastar, siempre olvidan que para tener un estado de bienestar amplio hay que tener un tejido empresarial potente, con beneficios y márgenes sólidos y familias que puedan ahorrar, y no ir “bajando” el umbral de lo que es ser “rico” para arrancar cuatro euros más para alimentar el leviatán.

La próxima crisis de deuda la crearán los que fingen defender “lo público”.

Ya lo explicamos en “La Deuda Gratis No Existe”. Una crisis de deuda no ocurre solo porque la deuda pública sea alta sino, sobre todo, porque la confianza en la solvencia del país desaparece cuando se lanzan a gastar sin control basándolo en ingresos de ciencia ficción. Lean “El Timo de los Presupuestos Alternativos”.

Es por ello por lo que es tan importante fijar un techo de gasto que, a la vez que atiende a los servicios básicos, no entorpece el crecimiento económico y el empleo, y ayuda a atraer inversión. No solo por la credibilidad de las cuentas públicas, sino la estabilidad.

Y, lo más importante, la reducción del déficit es esencial, se ha reducido a la mitad sin inflación ni alto crecimiento global, pero hay que reducir la deuda total. Y eso no se va a hacer nunca con la patada hacia delante de gastar más hoy a ver si mañana ahorro. La razón es sencilla, la prima de riesgo de la deuda española actualmente viene “reducida” por la política del BCE, en parte -aunque no toda- . Debemos tener un nivel de solidez en las cuentas públicas claro para que, cuando esa política termine o se convierta en parte de la liquidez, la prima de riesgo baje porque los fundamentales son todavía mejores.

“Pero, ¿y la emergencia social?”. Bueno, ya sabemos que la emergencia social desaparece en cuanto los populistas gobiernan, sin haber cambiado nada. Los niños desnutridos se atiborran y las familias sin hogar desaparecen con la llegada de las “coaliciones de cambio” al poder, en un día.

Pero lo que es aberrante es que en este país se quiera recuperar el gasto público de la época de burbuja, se llame inversión pública al ladrillo, los aeropuertos innecesarios y los frontones duplicados, y se consideren los estabilizadores automáticos que genera la recesión un “derecho” a perpetuar y aumentar. Pero no me digan que no es divertido que pongan como “recuperar derechos” la época en la que el gasto se disparaba por… el aumento del paro y el gasto en seguro de desempleo.

No me digan que no les parece divertida esta frase. “El reparto del déficit es neoliberal”. Es uno de los hitos de la demagogia lingüística. El déficit no es un derecho, es una obligación, y más déficit es más deuda y más impuestos en el futuro. Pero ya es delirante tildar a aumentar la deuda de “neoliberal”.

El gasto público no es una cifra que deciden los burócratas y los demás debemos sufragar. El gasto público es la gestión de los recursos que tenemos en base a la capacidad de crecer y mejorar.

Para redistribuir riqueza hay que crearla. Y cuánto redistribuir no es una decisión del burócrata, sino lo que acuerda la sociedad que le contrata dependiendo de su capacidad y a cambio de sus servicios.

No existe la dicotomía entre gastar más y bajar impuestos, porque la evidencia del fracaso de “gastar para crecer” es más que evidente. Ningún país de los que se han lanzado a planes de estímulo público ha reducido su deuda en los últimos diez años, y todos la han aumentado mucho más (vean el vídeo de ayer). Hay que dejar respirar y devolver el esfuerzo a empresas y familias que son los que han sufragado la salida de la crisis.

Si empezamos la casa por la ventana, aumentando déficit, gastando con estimaciones de ingresos completamente ficticias, y multiplicando los desequilibrios, volveremos a caer en un shock de deuda. Con una importante diferencia. El próximo será mucho más severo porque no se podrán bajar más los tipos de interés o aumentar la liquidez. La casa se desplomará, de nuevo.

El techo de gasto es importante. Pero el techo nefasto es el que hunde al país con la entelequia de que gastar más reduce la deuda.

Y, entonces, los redistribuidores de la nada dirán que la solución es… gastar más.

La Unión Europea vs. Google: un gran error

“I´ve gone back so far I´m in front of me” Paul McCartney

Como tantos de ustedes, esta semana nos hemos enterado de que existía Google Shopping.

La Unión Europea se inventaba un caso inexistente para imponer una multa injusta y desproporcionada que huele más a subterfugio impositivoque a defensa de la competencia.

¿Cómo se llega a acusar a Google Shopping de abuso de posición dominante?

Primero, inventándose el perímetro y definición de mercado. Cualquier consumidor se caerá al suelo de risa cuando lea que la Unión Europea decide que Amazon -ese sí que sabíamos que existía-, eBay, y las más de trescientas paginas de comparación de precios que se han creado desde 2005, no son “competencia”. Así, pasa de asumir una cuota de mercado alta y líder por calidad y decisión libre de los consumidores, a una “dominante”. Eliminando del análisis a su competencia.

Recordemos que los usuarios no usan Google por imposición -eso es más de la Unión Europea-, sino por decisión personal de los consumidores que consideran su servidor mejor, más eficiente y más fácil de usar que competidores tan poderosos como Yahoo, Bing, etc.

No olvidemos que Google Shopping, si diese un servicio de mala calidad o injusto en su posicionamiento de productos, desaparecería en un santiamén ante la competencia de otros buscadores similares. Si hiciese esa tontería los competidores se lo “merendaban” en días. Porque sería atacar a su modelo de negocio. La tecnología elimina las barreras de entrada, y solo eres líder si los consumidores lo aceptan, si no, desapareces.

 

La tecnología elimina las barreras de entrada, y solo eres líder si los consumidores lo aceptan, si no, desapareces.

 

Lo bueno de la tecnología disruptiva y la democratización de la experiencia compradora que supone internet es que, casi en tiempo real, beneficia a consumidores y pymes. El poder es de los consumidores, y eso es lo que molesta.

Google Shopping no quita cuota de mercado a los anuncios de texto (text ads) por posición dominante, sino porque es un mejor sistema, visualmente más atractivo y una mejor experiencia para consumidores y empresas.

La multa a Google muestra un enorme error a la hora de entender el comercio online, y no entiende cómo busca el consumidor. Incluso si se tuviese el incentivo perverso de «manipular», el comprador dejaría de usar ese servicio.

Google Shopping no muestra productos por su preferencia ni obliga a exclusividad. Beneficia a pymes y consumidores.

Los crecimientos que muestra la Unión Europea no son por abuso de posición dominante, sino por mejora de calidad. Como bien explica Search Engine Land, crecer ventas igual que la competencia no es tener dominio, es que el mercado está cambiando. Si las empresas invierten más dinero en Google Shopping es porque la ratio de conversión de click a venta es más alto. Si los consumidores usan más Google Shopping es porque les ofrece mejores productos, más baratos y más fáciles de encontrar. Nada más y nada menos.

Se plantea si hay daño para el consumidor, derivado de no tener acceso a otros sitios de comparación de precio, por un supuesto abuso de posición dominante. Los denunciantes del caso dicen que sí existe ese daño y lo justifican con el declive de las visitas a sus sitios de comparaciones de precio que, entienden, es debido a que Google prima a Google Shopping y que esta práctica, castiga a los consumidores, al limitar sus opciones. Pero lo cierto es que la Comisión no ha tenido en cuenta en este análisis qué efecto tienen otros sitios como Amazon y eBay y entiende que ese descenso en las visitas es problema de Google Shopping, cuando los datos demuestran lo contrario. Hasta que llegó el dominio local de Amazon, las visitas a estos sitios desde Google fueron creciendo de manera constante, como dice la nota explicativa. Por el contrario, cuando Amazon aparece, comienza el declive. Competencia.

Se podría decir que el poco éxito de los denunciantes en su proceso innovador es el culpable de su descenso de ventas. Si no, habrían aumentado en Amazon, eBay, Idealo o cualquiera de los 300 otros comparadores, ya que no existe exclusividad ni obligación de usar Google Shopping.

 

La “multa” es un impuesto encubierto ante la imposibilidad de atacar fiscalmente a los gigantes norteamericanos.

 

Y ¿más de 2.000 millones de euros? Claramente, la “multa” es un impuesto encubierto ante la imposibilidad de atacar fiscalmente a los gigantes norteamericanos. La “multa” de la Unión Europea no es solo desproporcionada se vea como se vea, es que surgen muchas dudas sobre la motivación y el cálculo de la misma. A los conglomerados europeos les pone una multa de poco más de cien millones, a los norteamericanos de un billón, o, como en este caso, el doble.

Como muestra Jeff Jarvis, la Unión Europea se erige como defensora no de la competencia, sino del intervencionismo, “salvándonos” de Microsoft cuando ya estaba perdiendo cuota contra Apple, y “salvándonos” de nuestro poder como consumidores, como si fuéramos niños. La ignorancia sobre cómo se compra online es casi hilarante. Cualquier comprador decide, comparando diferentes alternativas, no solo de producto, sino de buscador.

Es curioso que a la Unión Europea le importen tanto los consumidores y la competencia que la multa se la quedará ella y esos consumidores y competencia no solo no verán un euro, sino que pagarán más por acceder a un mercado menos competitivo.

Lo que esconde esta multa, y las que vendrán, es el terror que la Unión Europea tiene a las tecnologías disruptivas y los gigantes norteamericanos. Esa Unión Europea que se encuentra muy cómoda subvencionando sus conglomerados y campeones-nacionales-dinosaurio y que no se pregunta por qué no se crean grandes Googles o Amazons en Europa.

Imaginen este caso. Walmart es el mayor empleador privado de EEUU, uno de los mayores contribuyentes fiscales estatales y nacionales, propietaria de miles de metros cuadrados de tiendas, y Amazon -sin tiendas- su némesis disruptiva. Si Walmart y Amazon fueran europeos, los gobiernos, reguladores y legisladores habrían hecho lo imposible por entorpecer el crecimiento de Amazon (no digan que no, que lo vivimos cada día en hostelería, transporte y comercio) porque “hay que mantener el empleo”. ¿Qué se consigue? Ni se mantiene el empleo ni se lidera el cambio tecnológico. Amazon ha sido un revulsivo en EEUU para que Walmart se pusiera las pilas, mejorara sus procesos y eficiencia, y salieran, ambos, líderes. La Unión Europea y muchos de sus estados ponen todas las trabas posibles a las miles de empresas tecnológicas para sostener a sus seguridades sociales encubiertas, esos conglomerados semi-estatales o privados mal llamados “campeones nacionales”.

Con ello solo consigue perder el tren de la tecnología, la innovación, el cambio de patrón de crecimiento, y la mejora de salarios y empleo.

Decía Ronald Reagan que “la visión del Gobierno sobre la economía se podría resumir en unas pocas frases cortas: si se mueve, ponle impuestos; si se sigue moviendo, regúlalo. Y si deja de moverse, subsídialo”. Era un chiste, pero lo estamos cumpliendo paso a paso.