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El enfermo europeo ¿Por qué se sigue rescatando a la banca?

El 28 de junio de 2013, el Consejo Europeo aprobó a bombo y platillo la propuesta de directiva que fijaba los mecanismos de recapitalización de la banca ante episodios de insolvencia sobrevenida. El llamado “bail-in”, que se iba a implementar a lo largo de 2016 y 2018, forzaría a las entidades financieras a recapitalizarse con cargo a sus accionistas y bonistas, no contra el erario público. Un mecanismo que muchos reclamábamos desde hacía años.

Sin embargo, ante el inminente riesgo de la banca italiana, que acumula más de 200.000 millones de euros de préstamos de difícil cobro, vuelve a saltar el fantasma de los rescates públicos de la mano de, nada más y nada menos que de Mateo Renzi, el primer ministro italiano, y un firme defensor de evitar los mismos.

¿Por qué?

El problema de Europa es triple.

– Una economía hiperbancarizada. Los activos totales de la banca en Europa superan el 320% del PIB de la Eurozona. En el cénit de la crisis, en EEUU no llegaban al 80%.

– Una errónea política de dar la patada hacia delante vía tipos bajos y alta liquidez ha hecho que los préstamos de difícil cobro se acumulen ante la entelequia de que “en unos años todo se arregla” gracias al BCE. Los préstamos de difícil cobro en EEUU en el peor momento de la crisis no llegaban al 7% del total, en Italia la cifra es casi el triple, hoy. En la Eurozona los préstamos de difícil cobro (seamos serios, la mayoría son simplemente incobrables superan los 900.000 millones de euros) .

– Exigencia política de que “fluya el crédito”. A la banca europea se le ha diagnosticado el “saneamiento” erróneamente y mucho antes de tiempo por la obsesión de los Estados de que se lancen a prestar a toda velocidad, a pesar de que ni las condiciones económicas ni de riesgo aconsejaban aumentar el balance, porque la demanda de crédito solvente no aumentaba. Vía la mayor política de represión financiera de la historia de la Unión Europea, se ha debilitado, en vez que permitir que la banca se fortalezca. A pesar de enormes provisiones y ampliaciones de capital, el proceso de fortalecimiento de los balances bancarios ha sido mucho más lento de lo deseable.

Hasta que en Europa no se rompa este triángulo letal no se va a salir de la crisis. Pero ningún Estado quiere hacer una reforma financiera como la española porque pierde poder en el sistema financiero y quiere tener a su alrededor “sus bancos”. La viñeta inferior, cortesía de Signe Wilkinson, lo ilustra magistralmente.

 

Viñeta Signe Wilkinson

 

En definitiva, no es que Renzi haya sucumbido a los males del perverso capital, es que no hay manera matemática de cubrir el riesgo de una banca descapitalizada sólo a través de ampliaciones de capital y acudiendo a los bonistas. De hecho, se están rescatando a los depositantes, nos guste o no. Más de 600 entidades, muchas de ellas públicas, con enormes conexiones políticas con municipalidades y entes públicos, y que han ido perpetuando sus desequilibrios.

La negativa a hacer un ejercicio de transparencia como el que hizo España con la reforma financiera hoy pesa mucho en los bancos europeos.

Llevo diciéndolo desde hace años. A la banca europea se le exige soplar y sorber a la vez. Reforzar capital y a la vez prestar mucho más, seguir financiando estados deficitarios y a su vez regar de crédito a familias y pymes que, encima no lo demandan. Hay que sostener el PIB y en Europa siempre se acude al gasto para ello.

¡Que paguen los accionistas y bonistas! Perfecto, pero eso no cubre ni de lejos la enorme cantidad de préstamos incobrables. Y debemos saber que eso implicará quiebras y, con ellas, pérdidas de depósitos. Los 20 mayores bancos de la Eurozona tienen una capitalización bursátil total que no llega a un tercio del total de activos bancarios. Con tipos reales negativos y márgenes de intermediación en caída libre, aumentos de capital de un 20-25% y decenas de miles de millones en provisiones y desinversiones han ayudado a aumentar la ratio de capital de máxima calidad, pero no han “saneado” un sector debilitado e hipertrofiado.

Lo que es peor, es imposible que se sanee un sector bancario que ha hecho enormes esfuerzos, como explicamos aquí. Vean la diferencia entre un país, España, que ha hecho un esfuerzo vía reforma financiera, y otro, Italia, que se ha negado.

¡Si no prestan los bancos que preste la banca pública!

En Europa seguimos pensando que todo es un problema de más crédito y es erróneo. La banca pública genera todavía mayores desequilibrios (lean). De hecho, algunas de las entidades con peor situación de solvencia de Europa son públicas. El caso español fue evidente, el rescate tuvo que hacerse a las cajas públicas ineficientes, y la banca privada se recapitalizó vía mercado.

Pero no es un problema de propiedad, pública o privada, ni de regulación. Todos los papeles y normas que quieran no van a solventar un problema de modelo de crecimiento y un sector financiero que, lo gestione un politólogo o un parlamentario, se endeudará en más de 20 veces sus activos para prestar a sectores rentistas. Endeudado e intervenido… Y volverá a rescatarse con impuestos.

Hasta que no desatasquemos una Europa hiperbancarizada con una enorme simbiosis estado-sector financiero, la consecuencia será siempre la misma. Nos rasgaremos las vestiduras porque hay que rescatarla, y le echaremos la culpa a cualquier chivo expiatorio, mientras repetimos el error, multiplicado, exigiendo que se financie a sectores de baja productividad y estados deficitarios a tipos irrisorios… Y luego les decimos a los bancos que son culpables, primero de no prestar y luego de no gestionar el riesgo.

Hoy, tal vez, la banca suba en bolsa porque se va a rescatar a los italianos. Pero es un espejismo en un entorno de represión financiera, y hasta que no entendamos que el principal objetivo de los estados y el BCE debe ser desbancarizar de verdad, no de cara a la galería, la economía real y potenciar la financiación privada, identificada con los objetivos de pymes y empresas, iremos directos a la próxima crisis europea.

Multa o no multa… Hay que cortar el déficit

El 18 de noviembre de 2011, tras el Consejo de Ministros, Elena Salgado, ex vicepresidenta económica, insistió en que “España cumplirá con comodidad el objetivo de déficit” del 6% del PIB porque “hay margen suficiente para que no se produzca ninguna desviación”. Unos meses después, el déficit de España se cerraba con una desviación de más de 30.000 millones de euros.

En diciembre de 2015, el ministro de de Hacienda, Cristobal Montoro, aseguraba que España cumpliría con el objetivo de Bruselas. La desviación final fue mucho menor, de casi un punto, pero se generó. La de 2011 fue de más de tres. Una de las evidencias que muestran estos desvíos es lo rápido que se aumentan los gastos en España. Todo aumento de ingresos se consume, con creces.

En 2015 los ingresos fiscales aumentaron más que el PIB nominal gracias al crecimiento y las bajadas de impuestos, mostrando una fortaleza superior a otras economías de nuestro entorno. Los gastos se dispararon mucho más. España lleva, desde que decidimos que “había margen”, una expansión fiscal acumulada de más de 650.000 millones de euros en ocho años.

Con los ingresos extraordinarios de una burbuja inmobiliaria insostenible, el gasto público aumentó casi un 9% anual, un 49% en total, entre 2004 y 2009. Desde entonces se ha reducido menos de un 5%. Y que no les vengan con el subterfugio de que se gasta todo en Sanidad y Educación. España es el único caso entre las economías occidentales que multiplicó gasto, empleados y empresas “públicas” durante la recesión. Una auténtica administración paralela que consume, solo en Andalucía, 7.000 millones de euros del presupuesto. Diferenciemos gasto público de gasto político, y de ese nos sobra mucho.

Entre los dos periodos mencionados, 2011 y 2015, España ha conseguido reducir el déficit un 43%, y lo ha hecho a pesar de la decisión consciente de mantener el gasto público, sobre todo el social, que ha aumentado en 7.107 millones de euros desde 2011 a 2015, hasta los 187.211 millones. Además, lo ha hecho con un ajuste de la economía de casi 15 puntos del PIB entre déficit comercial y fiscal. No solo se han reducido importantes desequilibrios, sino que se ha hecho creciendo casi el doble que la media europea y creando 655.000 puestos de trabajo, bajando el paro a niveles de 2009. Pero no, no es suficiente. Y debemos seguir avanzando.

Esta semana la Comisión Europea ha analizado el incumplimiento del déficit de España, además de Portugal. La intención de Bruselas es que la sanción sea cero, como comentamos en esta columna y según confirmaron a EL ESPAÑOL fuentes europeas, además de las sugerencias de Dombrovskis y Moscovici durante su rueda de prensa («la multa puede ser igual a cero»).

Lo que está claro es que ponerle una multa a un país que ha reducido el déficit a la mitad y creando más empleo que la mayoría de países de la UE sería sorprendente e injusto. Pero reforzar los controles es esencial, sobre todo ante un escenario de pactos, cuando la mayoría de la oposición parlamentaria solo habla de gasto, déficit y subidas de impuestos. Por eso es curioso que economistas y partidos que “exigen” relajar el déficit y aumentar gastos hoy se rasguen las vestiduras porque se relaja el déficit y se aumentan gastos.

Pero el problema del incumplimiento del déficit, fuera de cuestiones partidistas, es mucho más relevante, como explicábamos en “el déficit y los chocolates del loro”. Es que no se ha interiorizado en nuestro país que más déficit no es nada bueno ni supone más empleo. Que el déficit es la constatación de un desequilibrio estructural y su acumulación -más deuda-, lo que mal llaman “relajar”, siempre acaba en enormes recortes.

¿Dónde están los errores que cometemos que nos llevan a incumplir los objetivos?

– Estimaciones de ingresos exageradas. La media de error de las administraciones españolas -y europeas- con respecto a los ingresos fiscales ha sido, según estudios de la Universidad de Lisboa y el BCE, constante y además el error aumenta en los dos años posteriores al estimado. El cuento del “palo de hockey” en economías abiertas y endeudadas. En el caso español, una media del 1% del PIB. Preocupa que la mayoría de los partidos fíen el cumplimiento del déficit a ingresos estimados por partidas que son, como mínimo, extras (por ejemplo, “fraude fiscal”).

-Los gastos casi siempre aumentan más que los ingresos. España, desde 1980, ha sido en casi todos los años, una economía deficitaria. Excepto en el breve periodo de la burbuja inmobiliaria, nuestra economía simplemente se “come” los ingresos fiscales, sea cuales sean, con la política de patada hacia delante. Por eso decir que hay que subir impuestos para reducir el déficit es falaz. Las administraciones públicas consumen cualquier mejora de ingresos con creces, y se ataca el crecimiento potencial y la actividad económica. No hay más que ver el ejemplo de las “Comunidades del cambio”, han aumentado impuestos e incumplido déficit mucho más que la media. Cuando estábamos fuera del euro hundíamos la economía a base de “devaluaciones competitivas” que ni reducían el paro -media de 17,5%- ni mejoraban el patrón de crecimiento. Echar la culpa a las autonomías es fácil, pero no nos engañemos, esos gastos se multiplicarían igual centralizados.

Ejecución presupuestaria. Si uno mira la ejecución presupuestaria de cada año hasta mediados de año, la cosa pinta bien…. Hasta que llega septiembre y se acercan las Navidades. Y se disparan, de manera literal, los gastos. A la carrera de “consumir presupuesto” se añade la de “si incumples, te tienen que rescatar”. Un Fondo de Liquidez Autonómica que ha funcionado como garantía de estabilidad también se ha utilizado por algunos como incentivo perverso para perpetuar el incumplimiento.

LA SOLUCIÓN, RESPONSABILIDAD CREDITICIA

Los que defienden aumentar los desequilibrios o, lo que es peor, reducir el déficit gastando más están poniendo en peligro el propio estado de bienestar que fingen defender. Si no hacemos los deberes ahora, cuando hay liquidez y tipos bajos, los recortes serán mucho más duros cuando esas condiciones no se den. “Relajar el déficit” solo nos lleva a acumular mayores problemas.

No gastar cantidades basadas en ingresos no recibidos aún. Hasta que no se recaude, no gastar. Presupuesto base cero y déficit cero, como en Alemania, con competencia fiscal. Una fiscalidad más cercana al ciudadano y que el gobierno autonómico o local tenga que responder de sus errores y sus subidas de impuestos ante sus votantes.

Unificación de centros de compra, reforma de la administración, que el propio ejecutivo estima puede ahorrar hasta 30.000 millones más. Y lucha contra el fraude fiscal realista, sabiendo que es una estimación, y no gastándose el dinero antes de recaudarlo. Si aflorando 15.600 millones hemos incumplido el déficit por un punto, no piensen que es la panacea de nada. Que nos lo gastamos antes de que aparezca. Es curioso que los mismos que dicen que un ajuste del gasto de 10.000 millones de euros sería letal para la economía no consideren que aumentar los impuestos en la misma cantidad sería devastador.

Tenemos un entorno excelente para tomar decisiones de calado. Crecemos un 2,8% anualizado, creamos empleo a tasas superiores al crecimiento del PIB nominal, se ha reducido el déficit comercial y la capacidad de financiación de la economía ha mejorado de manera sustancial. Pero no podemos ignorar los desequilibrios. Nuestra economía no va a salir del agujero deficitario usando a empresas y autónomos como cajeros que financien las ocurrencias políticas. Es la hora de medidas de oferta como las que ya se están implementando, y de reformas completas del sistema de gasto.

El impulso reformista debe recuperarse. Debemos poner todos el empeño, porque lo que no nos podemos permitir es enfrentarnos, silbando y mirando a otro lado, a un entorno global de ralentización, que se disparen los tipos y nos lancemos a otro shock de deuda. Pensar que la política monetaria va a cubrir los desequilibrios de la economía es un grave error y ya se ha demostrado que no funciona. Pensemos, de verdad, en España. No repitamos el 2008.

¿Cómo afectan a las pensiones los bonos con tipos negativos?

Esta semana hemos aprendido que todo el stock de deuda suizo se encuentra en tipos negativos reales, es decir, que se les paga por prestarles. La cifra de bonos con tipos negativos se ha disparado con la ralentización global. Más de 380.000 millones de dólares se han añadido al stock de deuda con rentabilidad negativa, hasta un total de más de 8,7 billones de dólares.

 

¿Por qué compramos bonos con tipos negativos? Si los bancos centrales están inundando de liquidez y el riesgo sistémico se contiene… ¿Qué ocurre?

A) El inversor piensa que el resto de activos de riesgo van a caer mucho más. Prefiere que le devuelvan un poco menos de su dinero a perder mucho más en bolsa, por ejemplo.

B) Ante la represión financiera –devaluar y bajar tipos- se estima que los bonos de los países refugio se revalorizaran por la moneda, aunque no paguen interés.

C) Se teme que la desinflación se propague hasta ser estructural porque las preferencias por el consumo y la inversión no solo no mejorarán, sino que empeorarán al no fiarse de la manipulación de tipos y monedas.

Lo que se consigue con la política monetaria es exactamente lo contrario a lo que pretenden. Al zombificarse la economía y lanzar al sistema financiero a márgenes insostenibles se ralentiza la velocidad del dinero –que mide la actividad económica-. La enorme liquidez se desplaza a los activos que se consideran de menor riesgo aunque la rentabilidad sea negativa. No es irracionalidad, sino cautela lógica.

Si usted hubiera invertido en enero en bonos con rentabilidad negativa de países estables hoy tendría una apreciación en su cartera de casi un 4%. Si hubiera invertido en bolsa europea porque “está muy barata”, “tiene buen dividendo” y “el banco central apoya” habría perdido alrededor de un 11% incluyendo dividendos.

Si a ello añadimos que nos encontramos con riesgos de difícil cuantificación, como el Brexit (lean) , y la crisis de la banca italiana, lo que se ha creado con el enorme plan de estímulo monetario es una mayor burbuja y un impacto inapreciable en la economía real. De ahí que se “pague” por prestar a los que se consideran como fiables o en los activos donde se asume que el banco central absorberá toda la demanda.

EL IMPACTO SOBRE LAS PENSIONES

Esta semana se ha generado una gran polémica por la caída del fondo de reserva de las pensiones. Increíble, se critica que se use el fondo de las pensiones para pagar las… pensiones. Es como decir que he creado un fondo para pagar la universidad de mis hijos y soy un mal padre por usarlo para cubrir la matrícula de los niños. El fondo de reserva fue muy criticado en 1996, cuando lo creó el gobierno de Aznar, porque la oposición consideraba que no era necesario. Ahora se llevan las manos a la cabeza porque se utiliza para pagar parte de las pensiones.

El Fondo de Reserva de las Pensiones no es la torre del Tío Gilito. Está para usarse en los periodos en que la recaudación es deficitaria, y se vuelve a rellenar a medida que aumenta la afiliación, el empleo, y, con la recuperación, los salarios.

Ya explicamos aquí el reto del sistema de pensiones (lean, ¿quién pone en peligro las pensiones? ).

Como no se soluciona el reto del sistema de reparto es con medidas represoras y que atacan al crecimiento económico. El sistema de pensiones está garantizado mientras no le pongamos palos en las ruedas al crecimiento. Y no, no se soluciona “subiendo el salario mínimo” (en Alemania la implantación ha destruido 60.000 empleos en un año, lo explicaba John Müller aquí). Se soluciona atrayendo capital, más empresas, aumentando la productividad y, con ello, los salarios reales.

Por supuesto, los que critican que se use el fondo tendrían dos opciones para mantener el fondo intacto. Una, recortar las pensiones –ellos, que se vanaglorian de defender el gasto social-, y otra, llevar a cabo un aumento de impuestos que, incluso si fuera el mayor de la historia, no cubriría las necesidades del sistema de pensiones. Y se llevaría el crecimiento y la creación de empleo con ella. En Francia, implementar un impuesto “de solidaridad” para las pensiones no solo no ha evitado que se recorten varias veces desde 1996, la última hace poco más de un año, sino que encima lo pagan hasta los propios pensionistas.

Los mismos que fingen defender el sistema de reparto lo ponen en peligro haciéndolo insostenible. Pero en todo el debate, poco se ha hablado en estos días del impacto de los tipos reales negativos en las pensiones. Los fondos de pensiones estatales de toda la Unión Europea están invertidos en deuda soberana, cuyo cupón no hace más que bajar. A medida que estos tipos bajan, el fondo de reserva reducirá su rentabilidad justo cuando la población envejece más rápidamente. Es aun peor, si el excedente del Fondo de Reserva se deja en liquidez o se deposita en el BCE, recibiría rentabilidad negativa.

Por ello no ha sido una mala decisión liquidar parte del fondo que estaba invertido en bonos con rentabilidad alta, y que se han revalorizado de manera importante, para garantizar las pensiones. Es vender un activo que ha subido mucho para pagar una necesidad puntual. Y que se repondrá cuando lleguemos a 20 millones de cotizantes, con suerte en poco tiempo, al ritmo al que creamos empleo, y empiecen a recuperarse los salarios reales. La reducción interanual del paro supera el 8,5% en junio, el mejor dato desde diciembre de 1999, y desde 2011 el paro se ha reducido en 655.000 personas.

No existe un solo país que haya salido de la crisis aumentando salarios y creciendo los ingresos de la Seguridad Social. Reino Unido o EEUU aún no han recuperado los ingresos de 2008. Alemania recuperó la cifra de 2009 de ingresos de Seguridad Social en 2014, y su recuperación fue vía mini Jobs y austeridad. Algunos inflacionistas achacan la caída de la hucha de las pensiones a la austeridad, y es falso. Es la falta de dinamismo del mercado laboral y el alto desempleo lo que ataca el sistema de reparto. Primero hay que recuperar el empleo, saliendo de la crisis aumentando la actividad económica. Y después, poco a poco, aumentan los salarios y se recupera la “hucha”.

Todo ello sin perder de vista que hay que seguir haciendo el sistema de pensiones eficiente y que responda a una población que vive muchos más años. Pero debemos tener en cuenta también el efecto negativo que se dará en la hucha de las pensiones a futuro si la represión financiera se extiende –que es lo más probable-.

Podríamos llegar a una situación en la que dicha hucha no se vacía por pagar compromisos a pensionistas… Sino porque los bonos en los que se invierten devuelvan menos que el principal. De momento no tenemos ese riesgo, pero el bono a diez años español paga un 1,17%… O esperamos una enorme revalorización o tendremos que replantear cómo se invierte el Fondo de Reserva.

El desastre de incentivar la demanda interna

Ustedes escuchan a algunos politicos y les dicen que hay que “estimular la demanda interna” como solución a todo. Suena bien. Ya que no hay demanda -o al menos demanda suficiente para justificar los gastos que ellos consideran “adecuados”- hay que “incentivarla».

Pero, ¿qué significa eso y por qué no funciona? Tras esas palabras técnicas (estimular la demanda interna) se esconde la vieja apuesta por el ladrillo a toda costa. No se trata de demonizar la construcción, que tiene un papel muy valioso, sino de los errores de convertirla en la solución. Diferenciar entre proyectos de valor añadido y elefantes blancos. Sea utilizando subterfugios tipo “adecuación de edificios” como hemos escuchado recientemente en España, o directamente construyendo cosas que no se utilizan ni se necesitaban, como en China, es el viejo truco de “sostener el PIB” gastando en lo que sea.

Cavar zanjas para rellenarlas. El sueño keynesiano de hacer cosas, que ya se utilizarán algún día. Miren el siguiente gráfico de EEUU tras ocho años de políticas de demanda (cortesía de Morgan Stanley), más de 20 billones de dólares de estímulo fiscal y monetario.

gráfica 1

 

La sobrecapacidad industrial supera el 26% y la producción industrlal se encuentra a nieles de recesión. En China, la sobrecapacidad supera el 30%, en Europa alcanza el 20% y en Brasil el nivel de utilización industrial es el más bajo desde 2009. ¿Es un problema de demanda o de exceso de estímulos para crear una demanda artificial? Es de sobrecapacidad por exceso de estímulos, como muestra Bloomberg.

Obviamente, lo segundo. Estamos hablando de economías que crecían y tenían un alto nivel de utilización industrial donde se ha invertido de manera desproporcionada vía estímulos y planes industriales hasta crear saturación. China lanzó un monstruoso plan de estímulo en 2009 que ha dejado más deuda, más sobrecapacidad (un aumento de 15 puntos) y menor productividad. Rouseff, en Brasil, se lanzó a “reindustrializar” y generó estanflación y enormes desequilibrios.

Gráfico cortesía @combarro

¿Y qué hemos conseguido? Vía la mala asignación de capital en sectores “estratégicos” -siempre son los mismos, que hay que inaugurar “cosas”- se generan tres efectos negativos:

– La sobrecapacidad cuesta. Un puente inútil no es irrelevante. Tiene un coste en capital circulante, en costes operativos y deja la deuda detrás. Todo ello se cubre -si se hace- vía impuestos que pagan los sectores eficientes y los ciudadanos. Resultado: se ponen palos en las ruedas al cambio de patrón de crecimiento, se desincentiva a los sectores de alta productividad y se subvenciona a los de baja productividad. Añada un aumento de impuestos que reduce el consumo, y tiene la tormenta perfecta.

– Incidencia económica negativa. No solo no se crea más empleo, sino que se reduce el crecimiento potencial. Cuando las industrias de baja productividad reciben la subvención encubierta de un “plan industrial”, no crea empleo. Porque ya parten de un grado de utilización inferior al 75%. No contratan nuevos trabajadores porque ya les sobran, y los únicos que entran en la fuerza laboral es en trabajos de baja cualificación. Los salarios reales caen o no suben. El crecimiento potencial de la economía se desploma porque se está perpetuando al ineficiente a costa del eficiente.

– Trasladamos la sobrecapacidad de los países desarrollados a los emergentes. “No importa, es por el crecimiento chino” decían en Australia, “que lo absorbe todo”. Como cualquier burbuja, se justifica con una señal de demanda exterior y aparentemente inagotable. Hasta que pincha. Y lo que construimos para “el crecimiento chino” se encuentra con la realidad de lo que construyeron los chinos para “seguir creciendo”. Un aumento, según Deutsche Bank, de 18 dólares de deuda por cada unidad de PIB global “creado”.

¿Significa todo esto que no se necesitan inversiones? Para nada. Hacen falta inversiones y, de hecho, el mundo sigue invirtiendo en proyectos necesarios y reales. El error está en pensar que las “necesidades” de inversión son las que dicta un organismo que se beneficia de exagerar esas cifras (ya lo explicamos en el riesgo de los elefantes blancos y en pensar que los beneficios de equivocarse con estimaciones optimistas superan a los riesgos de perpetuar la sobrecapacidad.

Se trata de que la demanda no la decide un comité, y que, cuando lo hace, siempre se va a equivocar por exceso ya que no tiene incentivo negativo o penalización. Porque todo lo basan en un supuesto “multiplicador” mágico que se ha demostrado que es muy bajo e incluso negativo en economías abiertas y endeudadas. Cuando la UE decidió gastarse más del 3% del PIB en planes de estímulo para combatir la crisis y dejó detrás cientos de miles de millones de deuda y 4,5 millones de desempleados, nadie fue penalizado por ello.

Este artículo será criticado diciendo que “no se trata de hacerlo igual, sino de hacerlo bien” y que “esta vez es diferente”. Y repito que siempre se van a generar errores cuando intentamos solucionar un problema de estancamiento por exceso de deuda con mayor exceso. Y que nunca se va a hacer “bien” cuando los incentivos empujan a hacerlo mal, a lo grande y, sobre todo rápido (lean)

La sobrecapacidad cuesta. Llevamos décadas de políticas de demanda y no vamos a solventar el problema repitiendo lo mismo, pero a lo bestia. Es hora de políticas de oferta, poner como pilar central la renta disponible de familias y empresas, dejar que la tecnología y la productividad aumenten y, sobre todo, que los sectores de alta productividad no sean el cajero de las veleidades de plan quinquenal de algunos. Pero con las políticas de oferta no se inauguran puentes, no se ven los efectos a cortísimo plazo y no se crean redes clientelares. Es lo malo -y lo bueno- que tienen.