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El helicóptero monetario también fallará

La promesa de crecimiento de los bancos centrales se desvanece. La idea de que la política monetaria iba a suplir problemas estructurales era muy atractiva. Tendemos siempre a pensar que los Reyes Magos, sea el gobierno de turno o un ente muy grande y muy poderoso, como un banco central, puede resolver desequilibrios generados durante años. Y no ocurre.

El Banco Central Europeo ha aumentado sus estímulos a 80.000 millones de euros mensuales y bajado de nuevo los tipos y el índice de sentimiento económico de la Comisión Europea (ISE) ha caído en marzo por tercer mes consecutivo hasta mínimos de más de un año. Eso sí, la inflación subyacente ha subido en marzo de 0,8% a 1%. Enhorabuena, aumentar el balance del banco central en casi 800.000 millones de euros para ver un repunte insignificante de la inflación subyacente. Y es que la represión financiera, devaluar y bajar tipos, unida a las subidas de esfuerzo fiscal, comprimen la demanda y afectan al crecimiento potencial por atacar el ahorro y el consumo a la vez. No solo no hay un problema de liquidez, ya que la liquidez excedentaria supera los 700.000 millones desde los 125.000 registrados cuando se lanzó el plan de estímulos, sino que las expectativas de crecimiento e inflación de consenso para 2016 y 2017 se han revisado a la baja, de nuevo, en marzo.

En un informe reciente, el fondo de inversión Pictet mostraba lo que llama “saturación de estímulos”. Tras más de 27 billones de dólares de expansión monetaria de los principales bancos centrales, y decenas de bajadas de tipos de interés, el mundo no solo no ha reducido su problema de endeudamiento. Lo ha aumentado. La deuda total, pública y privada, de las principales economías, ha aumentado en más de 57 billones de dólares, liderada por un aumento anual del 9% de la deuda pública. Los tipos bajos, además, han perpetuado el gasto corriente y la zombificación de sectores con sobrecapacidad.

Si analizamos la evolución de la velocidad del dinero -que mide la actividad económica-, es evidente que la trampa de la liquidez no ha generado un aumento de la inversión productiva. Incluso si usamos la cifra de inversión -capex-, según Standard and Poor´s, cayó un 10% en 2015 y no crece desde 2008. De hecho, caería a niveles de 2006 en términos reales el año que viene según sus estimaciones.

Los tipos bajos, además, han perpetuado el gasto corriente y la zombificación de sectores con sobrecapacidad
Debemos plantearnos por qué los tipos bajos y más de 26 bancos centrales llevando a cabo medidas expansivas no generan ni mejora del crecimiento global -se ha revisado a la baja todos los años desde 2009- ni inversión productiva. Las empresas saben por qué. No hay demanda de crédito solvente -al menos no en la cantidad en la que se aumenta la masa monetaria por parte de los bancos centrales- porque ellas ven las oportunidades reales en el día a día y saben que no son tantas. No hay más que ver la pobre recepción que ha tenido el famoso Plan Juncker. Ni un 5% de las cantidades estimadas se han comprometido.

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La respuesta es que el problema nunca ha sido de liquidez ni de necesidad de estímulos, sino de exceso de capacidad y represión financiera. La cuestionable lógica puntual cuando se generó una anomalía por el miedo a un colapso del crédito se disipa tras ocho años de exceso monetario. Los estímulos se han convertido en perpetuos y en máquinas de generar burbujas. Mientras la rentabilidad exigida a bonos de altísimo riesgo está a mínimos de 30 años, el exceso de capacidad industrial productiva se sitúa en un 20% en los países desarrollados, pero alcanza entre un 30% y un 40% en economías aparentemente crecientes como China. Lo hemos visto en Brasil, un aumento de deuda de más de un billón de dólares desde 2010 para acabar entrando en una enorme recesión, con un decrecimiento neto del PIB real. Hoy, los países desarrollados han estimulado vía gasto en emergentes esa misma inversión en elefantes blancos improductivos que nos ha dejado estancamiento y crecimiento muy por debajo de la media en nuestros países.

El problema ante esta situación es que muchos no critican la medida, sino el método. Y ahora lo que proponen es el “helicóptero monetario” como medida “no convencional”. Es curioso, porque es la medida más convencional de la historia. Aumentar la masa monetaria para financiar a estados deficitarios y sectores endeudados para que gasten -ya que el malvado sector privado no invierte-.

Pero el sector privado no es que no invierta porque es tonto o malvado, o que los bancos no quieran prestar, están deseando hacerlo, sino porque no encuentra oportunidades suficientes, desde luego no en la cantidad aleatoria que un comité en un banco central decide. Cuando Draghi lanzó el programa de 60.000 millones de euros mensuales yo le pregunté a un miembro del BCE en la CNBC “¿Para qué? ¿Qué sectores han analizado que necesiten 720.000 millones de euros anuales de nuevo crédito?”. La respuesta, como pueden imaginar fue el silencio.

El helicóptero monetario parece una buena idea hasta que se pone en práctica
Pero… ¿No invierte? Claro que lo hace, solo que no lo hace a lo que algunos economistas llaman “ritmo normalizado”… ¿Y cuál es ese ritmo normalizado? Oh, sorpresa, el del periodo de la burbuja. El de 2004 a 2008. Porque eso es lo que queremos estimular, otra gran burbuja.

El helicóptero monetario parece una buena idea hasta que se pone en práctica. Ya que los bancos -malos, ellos- no prestan, y el sector privado no invierte, que lo haga el Estado y que se imprima para dar dinero “a las familias”. El problema es que usted no va a recibir un cheque, ya que puede decidir ahorrarlo, malvado usted, o peor, repagar deuda. Se lo gasta por usted el Estado que no tiene mejor y más detallada información sobre cuáles son las áreas donde invertir, y sin embargo sí tiene el incentivo perverso de gastar en sectores de baja productividad y obsoletos porque a) dan más oportunidades de inaugurar “cosas” y b) lo paga usted en mayores impuestos cuando se dispara el déficit. Que se dispara porque se elimina el riesgo de malgastar. No soluciona ni los problemas de productividad ni la competitividad de la economía, pero incentiva el clientelismo en sectores afines al poder.

Y es que el helicóptero monetario no deja de ser la misma subvención encubierta a los sectores endeudados e ineficientes, a costa del ahorrador y el eficiente, perpetuando la baja productividad, el clientelismo y el sobre-endeudamiento. Y, como tal, cuando se pone en marcha, se convierte en imposible de revertir. Porque es promover la mala asignación de capital, que si ya era pobre con tipos bajos es peor regando de dinero al gasto político vía elefantes blancos. La experiencia de la historia en políticas inflacionistas monetaristas muestran, unánimemente, que conducen a la estanflación.

No es que los bancos centrales se hayan quedado sin munición, es que la perdieron hace tiempo. Ya el QE2 y QE3 generaron mayores problemas de burbujas crediticias que mejoras en la economía real, y si algo funcionó en EEUU es su flexibilidad, baja bancarización y economía abierta, algo que brilla por su ausencia en Europa o Japón. Nunca ha sido cuestión de inyectar más dinero salido de la nada. El problema es de reformas estructurales, no de bazookas monetarios. Si seguimos incentivando la mala asignación de capital desde el dirigismo, conseguiremos el mismo resultado de siempre. Estancamiento y mayor deuda. Si no se recuperan las políticas de oferta, bajar impuestos para reactivar la economía y la renta disponible para mejorar el consumo, nos encaminamos a una crisis mucho más grave, puesto que no se va a poder disfrazar con gas de la risa monetario.

 

Publicado en El Español, 1 de abril de 2016.

Repitan conmigo. Gastando más no se reduce el déficit

Lo más gracioso de la noticia de que España ha incumplido el objetivo de déficit de 2015 es que se indignan los mismos que exigen relajar dicho déficit y gastar más en partidas corrientes. Los mismos que hablan de reducir el déficit gastando más se rasgan las vestiduras porque no se lo han gastado ellos. Siempre pasa lo mismo, en cuanto escuchamos que la economía crece, se descontrola el gasto. Un déficit del 5,24% creciendo casi el doble de lo estimado, supone una desviación de 9.000 millones de euros, de los que 1.000 se pueden considerar “no recurrentes”. Aun así, crecer más y gastar mucho más es, y ha sido, desde el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, nuestro problema.

España se adaptó inmediatamente a una burbuja que generaba unos 40.000 millones de euros anuales de ingresos extraordinarios y no repetibles, y pensando que duraría siempre, aumentó el gasto público más de un 48% entre 2004 y 2009. Y ahora, todos se excusan en el “chocolate del loro” para no recortar nada de esos gastos de burbuja. Y, desde entonces, llaman «austericidio» a una reducción de menos del 6%.

Luego le echaremos la culpa a Merkel, pero España lleva ocho años con una expansión fiscal superior a 600.000 millones de euros, incumpliendo el objetivo de déficit todos los años. Es cierto que ese déficit se ha reducido a la mitad, pero no es menos cierto que el problema es evidente. El incumplimiento llega fundamentalmente del gasto descontrolado de las Comunidades Autónomas, y eso es antes de contar las facturas periodificadas al año siguiente, y de la Seguridad Social. Canarias, Galicia y País Vasco han sido las únicas comunidades que han cumplido con el objetivo, con la mayoría elevando sus gastos hasta un 8%, especialmente las Comunidades del “Cambio” que de cambio tienen poco porque han vuelto a lo mismo de 2008. Todo ello demuestra que siempre es un problema de gasto. Suben los ingresos casi un 4% y se dispara el gasto el doble.

Lo peor de este dato es que los mismos que fingen defender el estado del bienestar lo van a hundir, manteniendo el bienestar del Estado. No hemos aprovechado la época de recuperación para hacer los deberes y, de hecho, al Gobierno se le achaca un modesto control presupuestario mientras todo el resto del arco parlamentario se entrega al unicornio de aumentar gastos corrientes “para crecer” y pensar que van a reducir el déficit aumentando impuestos. Si una subida impositiva como la que llevó a cabo el Gobierno ha llevado a que los gastos se aceleren aún más, toda mejora de la recaudación es inmediatamente sobrepasada por la voracidad gastadora de los reinos de Taifas, los observatorios, los comités, los entes improductivos y la administración paralela.

Y volverán a decir que es un problema de ingresos, que las empresas grandes pagan poco, etc. Y seguiremos agrandando el agujero por poner por delante el gasto burocrático en vez del crecimiento económico y el empleo. La media de error en estimaciones de ingresos por nuevos impuestos de los últimos diez años ha sido del 50%. Un estudio excelente de los profesores Carvalho y Alfonso de la Universidad de Lisboa muestra que gran parte de las subidas de impuestos de la Unión Europea vienen por estimaciones de ingresos optimistas y exageradas (Revenue Forecast Errors in the European Union, 2014).

La media de error (desviación estándar) en las estimaciones de ingresos en España ha sido de un 1% del PIB en el primer año y, atención, el 1,6% el segundo y el 1,8% el tercero. Un país donde en todos los años observados se ha producido una desviación real entre ingresos estimados y reales. El propio Banco Central Europeo lo alerta en su informe “Lecciones de las estimaciones fiscales”.

Sobre la “novedad” de “estimular la demanda interna desde más gasto público, existen muchos análisis sobre el efecto embudo de estos planes. El impacto positivo a corto disfraza los problemas estructurales y se convierte en mucho peor a medio plazo. Por supuesto que aumenta el PIB a corto plazo (el PIB, no lo olvidemos, también se aumenta gastando y endeudándose, aunque sea tirando el dinero por la ventana), pero el coste y deuda que deja detrás acaban paralizando la economía porque con ellos vienen las subidas de impuestos para cubrir los agujeros.

España se encamina a otro shock de deuda, que no va a cubrirse con la política monetaria, como hemos visto en Portugal y Grecia. Un arco parlamentario que promete gastos con nada y que piensa financiarlos con estimaciones de cuento de la lechera es una bomba de relojería que vamos a pagar todos. Mientras, como decíamos el lunes, los aristócratas del gasto público piensan que usted gana demasiado y ellos gastan demasiado poco.

La deuda nunca se ha reducido gastando más. Las subidas de impuestos que anuncian volverán a atacar a la creación de empleo y crecimiento potencial bajo el subterfugio de que “es un problema de ingresos”.

Mientras, los mismos que dejaron un déficit oculto de 30.000 millones de euros se alarman con el incumplimiento de déficit mientras piden aumentar en 25.000 millones de euros el gasto corriente. Mucho observatorio y mucha excusa “social” para aumentar el gasto burocrático. Y volver a ponernos al borde de la quiebra. Los mismos que duplicaron la deuda “porque hay margen” piensan que va a reducirse aumentando gasto corriente, algo que nunca ha sucedido. Y aumentan un déficit estructural que ya superaba el 3,5% del PIB. Pero encima poniendo escollos al crecimiento y el empleo.

Publicado en El Español, 1 de abril de 2016.

Adiós Alierta. Cara y cruz de un gestor único

La dimisión de Cesar Alierta ha sido una sorpresa relativa, ya que en la última presentación estratégica ya daba pinceladas de ideas de sustitución y relevo, y el cambio a José María Álvarez-Pallete indica continuidad. Si acaso, la subida del valor con la noticia puede venir de esperar un mayor compromiso con la reducción de deuda.

No hace mucho Telefónica lanzaba un ambicioso plan estratégico que buscaba despejar las dudas de los inversores, que llevan ya muchos años certificando la lenta defunción de los grandes conglomerados de telecomunicaciones europeos. Desde hace más de una década, los dinosaurios del sector han sido fuente de crítica generalizada por sus pobres resultados, malas adquisiciones a precio de oro y alta deuda. Portugal Telecom, Deutsche Telecom, Telecom Italia y la vieja France Telecom eran algunos de los “shorts” -posiciones cortas- preferidos de cualquier cartera de un Hedge Fund. “Cheap for a Reason” (Baratos con razón). Máquinas de destruir valor a través de malas inversiones y adquisiciones caras y decepcionantes. Enormes monstruos burocráticos con una bajísima rentabilidad sobre el capital empleado, embarcados en adquisiciones rentistas para encontrar algo de crecimiento que nunca llegaba. Telefónica no ha escapado a esa definición, pero en mi carrera en fondos de inversión siempre se ha visto como una empresa con una diferencia comparada con las anteriormente mencionadas: Mayor transparencia.

Desde hace más de una década, los dinosaurios del sector han sido fuente de crítica generalizada por sus pobres resultados, malas adquisiciones a precio de oro y alta deuda
Incluso para el que mira a largo plazo, la rentabilidad para el accionista ha sido muy pobre. Telefónica, según datos de Bloomberg, muestra una caída neta -rentabilidad incluyendo dividendos brutos- del 2,77% desde la llegada de Alierta, finales de julio de 2000, lo cual compara desfavorablemente tanto con el Eurostoxx (que subió un 3,33%) como con el Ibex (que en el mismo periodo subía un 63,9% incluyendo dividendos). Si hubiera usted invertido ese dinero en los líderes norteamericanos del sector tecnológico hubiera multiplicado su dinero. Si a eso añadimos el alto endeudamiento contraído (más de 56.000 millones de euros) y baja rentabilidad de las inversiones, no es sorprendente que la comunidad inversora dude de la sostenibilidad de un dividendo ópticamente alto. La generación de caja por operaciones ha caído un 31% mientras que la caja libre se reducía a la mitad en ocho años, según datos de Bloomberg.

Recuerdo una conversación con Alierta en la que se discutió el problema de los conglomerados de telecomunicaciones en bolsa. La tristemente famosa estrategia de “correr para quedarse quieto”. Invertir ingentes cantidades para no generar aumentos perceptibles de beneficios, y endeudarse enormemente en el camino. Mientras otros presidentes de comparables europeos negaban la mayor y se escudaban en el eterno “el mercado es cortoplacista” y “los analistas no saben valorarnos”, Cesar Alierta tomó nota, y me consta que lo hizo con otros gestores, y al menos intentó, fichando a ex analistas de grandes casas, en sus últimas presentaciones, y con un plan de desinversiones ambicioso, recuperar la creación de valor.

Alierta fue un gestor valorado y criticado en muchas facetas
Alierta fue un gestor valorado y criticado en muchas facetas. En lo positivo, tenía una capacidad innata de encontrar buenas ideas, y convirtió a Telefónica en una empresa multinacional de verdadero calado que ha sobrevivido la crisis española y brasileña y, al contrario que muchas competidoras, se ha mantenido mejor posicionada en competitividad e innovación. Hoy genera la mayor parte de su beneficio fuera de España, a pesar de un endeudamiento muy alto emite bonos a medio plazo a tipo real casi negativo y ha llevado a cabo una clara apuesta por la innovación y la tecnología.

 

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Fundamentalmente Alierta era criticado por los gestores por su comunicación con el mercado, en muchas ocasiones distante, hablando en términos muy vagos y acudiendo a reuniones con un enorme séquito de “despachadores de datos” -algo que da una terrible imagen, sobre todo entre inversores anglosajones-, por los objetivos “maleables”, el enorme endeudamiento, la inversión en elefantes blancos y las adquisiciones de bajo valor añadido. Hoy las dos claves para el accionista están en bajar ese endeudamiento (4,5x EBITDA) y aumentar su rentabilidad sobre el capital empleado (que sigue casi rayando a su coste de capital). Menos imperio y más rentabilidad. Sacarse de encima el estigma de empresa que hace “inversiones sugeridas por políticos” y que se comporta aún como un ente estatal es uno de los retos del nuevo presidente.

José María Alvarez-Pallete es claramente una persona de confianza y un nombramiento de continuidad, y se va a encontrar con la necesidad de conseguir que los objetivos de beneficio se cumplan, mejorar la comunicación, deshacerse de divisiones de baja rentabilidad y revisar la política de dividendo para que sea sostenible y pagado con caja excedentaria.

Telefónica es una de esas grandes oportunidades de reestructuración que se encuentran pocas veces en la vida
Telefónica es una de esas grandes oportunidades de reestructuración que se encuentran pocas veces en la vida, que pueden hacer una empresa más fuerte y que cree valor para el accionista. Para ello hay que cambiar la mentalidad semi-ministerial rentista de mantener negocios inviables “porque hay que estar”.

Telefónica puede y debe acabar con la imagen de dinosaurio conglomerado de pobre rentabilidad sobre el capital empleado y alta deuda que tiene. Conseguir que deje de ser un valor “barato con razón” a una empresa puntera que compita en el mundo liderando la cuarta revolución industrial, la digital. Han puesto los cimientos para ello. Pero no puede tener como objetivo hacerlo mejor que los otros dinosaurios europeos destructores de valor, eso es fácil. El objetivo de la nueva Telefónica debe ser recuperar la creación de valor y la excelencia.

 

Publicado en El Español, 30 de marzo de 2016.

Paro, pensiones y Europa, tres pizarras de Daniel Lacalle

Lacalle es uno de los economistas que la necesidad de explicar la crisis convirtió en mediáticos. Sus pizarras explicativas son famosas, hasta el punto de que acaba de publicar Las pizarras de Daniel Lacalle, un libro donde ha reunido su visión de los principales mitos y realidades de la economía española.

Para los lectores de EL ESPAÑOL, Lacalle ofrece un anticipo de lo que serán sus videoblogs semanales, desmenuzando tres asuntos clave: el futuro de las pensiones, el mercado laboral y lo que España debe hacer en Europa.

LA SOSTENIBILIDAD DE LAS PENSIONES

Uno de los asuntos que más inquietan a los españoles, tanto a los más de 9 millones que cobran algún tipo de pensión, como a las futuras generaciones que esperan cobrarla. La Seguridad Social presenta déficit desde hace dos años y el Gobierno ha tenido que recurrir al Fondo de Reserva de las Pensiones.

CÓMO CREAR 2,5 MILLONES DE EMPLEOS

El paro es la gran lacra del país. La tasa de desempleo se encuentra en torno al 20%. Aquí Lacalle ofrece una visión que permitiría crear 2,5 millones de empleos mediante profundas reformas estructurales.

 

¿QUÉ HACEMOS EN EUROPA?

¿A qué modelo de país europeo nos queremos parecer? ¿A Portugal o a Irlanda, a Francia o a Alemania? Lacalle plantea que el modelo que España debe ofrecer a Europa no es el de déficit y deuda, sino uno que apueste por el crecimiento y el empleo.