El laborismo exige la dimisión de Starmer mientras el socialismo calla ante peores casos de Sánchez

En Reino Unido aumentan las voces internas del laborismo que exigen la dimisión de Keir Starmer como líder del partido. Es más que una petición: es un clamor.

En España, con muchísimos más casos de corrupción y peor gestión, el socialismo calla y aplaude a un Sánchez que no gana una sola elección desde hace años y que nombró y mantuvo como ministros y líderes del partido a personas vinculadas a gravísimos casos de corrupción.

En Reino Unido, Sánchez habría sido obligado a dimitir hace años. En España, la maquinaria socialista lo mantiene a cualquier precio.

Keir Starmer prometió escuchar al pueblo tras el desastre de gestión de Sunak y May, conservadores que abandonaron los principios del conservadurismo y el liberalismo para imponer políticas socialdemócratas destructivas.

Los conservadores prometieron crecimiento, inversión y empleo, pero mantuvieron todas las trabas burocráticas y los impuestos confiscatorios de la Unión Europea, incumpliendo sus objetivos y abandonando sus principios.

Starmer ganó, aunque tuvo menos votos que la derecha, y prometió estabilidad y crecimiento.

El resultado ha sido la mayor debacle del laborismo en unas elecciones locales en décadas, perdiendo feudos que había mantenido durante años. En las elecciones locales se volvió a demostrar que la propaganda no tiene nada que ver con lo que piensa el pueblo.

El Brexit, que yo no defiendo, no ha sido la causa del hundimiento del Reino Unido. Yo siempre he dicho que la UE y el Reino Unido se beneficiaban de estar unidos. Sin embargo, no compro la narrativa del arrepentimiento británico porque, como han mostrado estas elecciones, no existe. Francia, Italia y Alemania están peor que Reino Unido; por lo tanto, la narrativa no cuela.

Lo que ha hundido a Reino Unido no es el Brexit, sino lo mismo que ha hundido a los líderes de la UE: una política mal llamada medioambiental devastadora para la industria, la ganadería y la agricultura, la inmigración descontrolada y la combinación letal de impuestos confiscatorios y regulaciones absurdas en estados burocratizados e ineficaces.

Reino Unido prometió ser la nueva Suiza tras el Brexit y se convirtió en la nueva Bélgica.

Al contrario de lo que repiten muchos medios europeos, el gran ganador de las elecciones locales fue el voto del Brexit. El partido que arrasó, Reform UK, ha capitalizado el descontento con conservadores y laboristas con un mensaje opuesto al que promueve la narrativa del falso arrepentimiento de los británicos por salir de la UE.

Reform UK ha pasado de ser una fuerza testimonial a convertirse en el gran ganador de las elecciones locales frente a un laborismo en desplome y unos conservadores afectados por sus incumplimientos del pasado.

En las elecciones locales de 2025, Reform UK no controlaba ningún consejo. Sin embargo, en las últimas ganó alrededor de 7 a 10 autoridades locales y logró un total de aproximadamente 900 concejales, sumando más de 800 nuevos representantes en comparación con la elección anterior.

Keir Starmer llegó a Downing Street como la promesa de normalidad tras una década de caos tory. Era el candidato de la élite del sesgo de confirmación, un ejemplo típico de estatismo que tanto le gusta al sistema y a la ortodoxia institucional.

En realidad, Starmer y Sunak son prácticamente intercambiables. El statu quo personificado.

Hoy, tras dos presupuestos y una gestión desastrosos, Starmer se encuentra atrapado. El país está harto, el bono soberano se desploma y los medios de comunicación que lo encumbraron han dejado de creer en su relato.

Esta erosión política coincide con un contexto macroeconómico que desmiente la narrativa de la “recuperación responsable”. El propio Office for Budget Responsibility (OBR) ha recortado las previsiones de crecimiento para 2026 a un raquítico 1,1%, con un horizonte posterior en el que la economía británica se estanca mientras se consolida un paro por encima del 5%.

Los mercados, que se usaron como coartada para justificar que Liz Truss debía dimitir, han dado su veredicto. A Truss la obligaron a dimitir por una subida de la rentabilidad del bono soberano a 10 años al 4,5% cuando la inflación superaba el 8%.

La rentabilidad del bono británico a 10 años se sitúa alrededor del 5,1%, y la del bono a 30 años, en máximos históricos, en el 5,6%, ante la combinación de bajo crecimiento y falta de credibilidad fiscal tras dos presupuestos devastadores, que han disparado los impuestos, aumentado el gasto corriente y hundido la capacidad de Reino Unido de recuperarse.

La prima de confianza, esa que Starmer vendió como su principal activo frente a sus oponentes, se ha evaporado.

No podemos olvidar que la entonces primera ministra Liz Truss se vio obligada a dimitir en 2022 tras presentar un presupuesto centrado en reactivar el frágil sector privado mediante recortes fiscales, apoyando a las empresas, aliviando la carga sobre las familias y atrayendo inversión.

La presentación de ese presupuesto coincidió con una fuerte volatilidad en el mercado mundial de bonos, y la rentabilidad del británico a 10 años subió hasta el 4,5%, algo que muchos medios atribuyeron directamente a las medidas fiscales.

Algunos analistas sostuvieron que su plan de recortar 45.000 millones de libras en impuestos generó pánico económico, desató el caos en los mercados y forzó su salida. Sin embargo, los datos de mercado y un informe reciente del Banco de Inglaterra cuestionan esa narrativa.

Muestran que una rebaja fiscal de ese tamaño en una economía de 2,2 billones de libras, con déficit estructural ligado a un gasto elevado, no explica por sí sola la turbulencia financiera. En el mismo periodo, las rentabilidades de los bonos a 10 años de Japón y Francia también repuntaron en torno a un 20%.

Esto indica que el aumento generalizado de los tipos en las economías desarrolladas se debió principalmente a los errores de los bancos centrales, no sólo al presupuesto británico.

Pues bien, hoy la rentabilidad exigida al bono británico se ha disparado a máximos históricos y ni Starmer ni Rachel Reeves, arquitecta del presupuesto desastroso, dimiten.

Mientras tanto, el mercado laboral confirma que el supuesto “milagro de la estabilidad” no aparece por ninguna parte. Los datos más recientes de la Oficina Nacional de Estadística apuntan a una tasa de paro al alza y a síntomas de enfriamiento en el mercado de trabajo, con una participación laboral estancada.

En lugar de una transición ordenada hacia un crecimiento más sano, Reino Unido vive una mezcla tóxica: inflación elevada, altos impuestos, salarios reales sin crecimiento y un Estado gigante cada vez más caro de financiar.

Starmer no está pagando sólo el precio de una coyuntura adversa; está pagando la factura de sus propias decisiones.

En política económica, optó por abrazar sin matices el marco fiscal más restrictivo, con impuestos disparados, gasto corriente descontrolado y penalización al empleo y a la inversión, manteniendo todas las trabas del “cero neto” que asfixian a la industria.

El fracaso ha dejado al laborismo sin relato económico más allá de la resignación y de culpar a la herencia recibida: no hay crecimiento, no hay mejora en los servicios públicos y, sin embargo, sí hay más impuestos, inflación y presión sobre las familias endeudadas.

A este fracaso macroeconómico se suma un deterioro profundo en el plano moral y político.

La gestión de Starmer del escándalo de las grooming gangs, las bandas de violación y tortura de niñas, y de la investigación sobre los abusos contra menores ha sido un compendio de cálculo y rectificaciones que han minado su autoridad.

Primero se negó a impulsar una investigación al nivel que exigían las víctimas, para después anunciar un giro y terminar defendiéndose como si no tuviera ninguna responsabilidad, ante la presión mediática y parlamentaria.

Su obsesión por mantener la narrativa de las bondades del multiculturalismo y la inmigración lo llevó a esconder casos atroces. A esto se añade el episodio en el que se ausenta de una votación clave sobre el tema después de ordenar a sus diputados votar en contra, una imagen de hipocresía política que ha indignado tanto a críticos conservadores como laboristas.

A ello se suma la obsesión de Starmer por nombrar a una persona, Peter Mandelson, ligada al escándalo Epstein de abusos sexuales y prostitución. Starmer lo nombró y lo mantuvo hasta que tuvo que dimitir del partido, aunque la evidencia de su amistad y sus actividades inmorales con Epstein era clara.

Starmer dejó de ser el “fiscal implacable” que limpiaría la política británica y pasó a ser un gestor del desgaste.

Una persona que intenta evitar escándalos, encuestas adversas y decepción económica con pequeños ajustes de comunicación.

La comparación con Pedro Sánchez no es un capricho. Es un espejo molesto.

En España, el presidente socialista suma casos como el de Ábalos, Cerdán y Koldo, que en Reino Unido ya habrían supuesto dimisión inmediata. Si añadimos las irregularidades en el manejo de fondos, Sánchez habría abandonado el gobierno hace más de un año si existiera la libertad y responsabilidad de los diputados que hay en Reino Unido.

Sánchez respondió con un movimiento de propaganda. Amagó con irse, se presentó como víctima de una “caza” política y, al final, se aferró al poder, mientras su partido cerraba filas en silencio.

En Reino Unido, los ministros exigen responsabilidad. En España, Sánchez exige y recibe pleitesía.

Starmer niega la profundidad de la crisis, agita el miedo a la derecha y al “caos” como única alternativa, se presenta como mal menor y confía en que la aritmética parlamentaria lo mantenga en Downing Street.

Pero la diferencia clave es que Reino Unido no puede permitirse mucho tiempo más un liderazgo amortizado en plena tormenta macroeconómica y reputacional.

Cuando los mercados empiezan a desconfiar, la economía pierde fuelle y la mitad del país considera que el primer ministro ha fracasado, el coste de sostener artificialmente a ese líder no lo paga su partido: lo paga toda la sociedad.

Una parte de la izquierda británica argumentará que la alternativa sería peor, que cualquier dimisión de Starmer abriría la puerta a una derecha aún más agresiva o a un periodo de inestabilidad.

Es el mismo argumento que se repite en España: o Sánchez o la malvada derecha.

Una bobada.

Los ciudadanos han votado con claridad: prefieren derecha a Starmer o Sánchez.

La cuestión, por tanto, no es si Starmer puede aguantar unos meses más en el cargo, sino cuánto daño añadirá a la economía y a la confianza del país su empeño en resistir.

La élite británica debe asumir el fracaso del experimento Starmer, que se añade al del experimento Sunak. El gradualismo, la socialdemocracia y la tecnocracia suponen la ruina.

Starmer no ha evitado el avance de Reform UK, lo ha acelerado.

La lección para España es evidente: debemos dejar de escuchar a expertos en marketing político de statu quo socialdemócrata y empezar a escuchar a la gente.

En Reino Unido, el laborismo va a acabar moviéndose más hacia la ultraizquierda, como ha pasado con el PSOE en España.

El error de May y el fracaso de Sunak trajeron la debacle de Starmer, y todos ellos deberían recordarnos que renunciar a los principios y entregarse al estatismo depredador de la élite de sesgo de confirmación sólo alimenta más descontento.

El día que dejemos de rasgarnos las vestiduras con la derecha que pide inmigración controlada, bajos impuestos, políticas ambientales no sectarias y abandonar la ingeniería social, empezaremos a darnos cuenta de que el enemigo de nuestros países no es la derecha, sino la ultraizquierda.

Porque la derecha sale de los gobiernos cuando incumple y pierde.

La ultraizquierda no sale ni con agua caliente.

Acerca de Daniel Lacalle

Daniel Lacalle (Madrid, 1967) es Doctor en Economía, profesor de Economía Global y Finanzas, además de gestor de fondos de inversión. Casado y con tres hijos, reside en Londres. Es colaborador frecuente en medios como CNBC, Hedgeye, Wall Street Journal, El Español, A3 Media and 13TV. Tiene un certificado internacional de analista de inversiones CIIA y un máster en Investigación económica y el IESE.

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