Copia al «kircherismo»: el «lado correcto de la historia» no es más que sumisión sin crítica a Pekín a cambio de inversiones escasas que no garantizan la supervivencia política
Sánchez vuelve a demostrar que es muy duro y contundente contra las democracias y muy blandito con las dictaduras. El presidente de España está utilizando la relación con China como una estrategia personal de supervivencia política, no como una política de Estado alineada con los intereses estratégicos de España, de la Unión Europea o de la OTAN.
En cuatro viajes que ha realizado, no ha hecho una sola mención a las violaciones de derecho internacional y derechos humanos y la asociación «sin límites» con Rusia e Irán. Firmar un acuerdo estratégico de largo plazo y con elementos opacos con el socio estratégico y militar «sin límites» (sic) de Rusia y mayor proveedor de tecnología militar y de control social a Rusia y el régimen iraní solo tiene un objetivo: mantenerse en el poder a toda costa, vendiendo lo que sea necesario de España para conseguirlo.
La estrategia de Sánchez con China no es multilateralismo ni pacifismo, es interés personal. La misma táctica fue llevada a cabo antes por Cristina Fernández de Kirchner, Alberto Fernández, Evo Morales y Correa, entre otros. Al verse acorralados por la corrupción y la mala gestión, buscaronentregar el país al régimen de China a cambio de apoyo personal.
El nuevo marco de «asociación estratégica» con China se ha articulado a través del Plan de Acción 2025-2028 y del nuevo Mecanismo de Diálogo Diplomático Estratégico, acordados en los cuatro viajes de Sánchez a Pekín, sin un debate ni un mandato explícito del Parlamento.
Mientras Bruselas construye una estrategia frente a China como socio, competidor y rival sistémico, La Moncloa presenta a Pekín como si fuera un ángel de la neutralidad, un socio casi inocuo y una oportunidad sin costes, ignorando las advertencias de la Comisión Europea y de los socios clave de la UE y la OTAN. España se aleja así del consenso europeo. Sánchez ni se ha molestado en exigir garantías, contrapartidas y respeto al derecho internacional y los derechos humanos a China.
No sorprende que, a la vez, haga una «cumbre» en la que se une a líderes de la izquierda más radical, defensores de dictaduras comunistas y terroristas que siempre miran hacia otro lado cuando los asaltos a los derechos humanos y las reglas internacionales vienen de tiranías socialistas.
Los líderes de ultraizquierda se creen que China es tonta y va a tragar con la inseguridad jurídica y corrupción inundando de riqueza a sus países a cambio de nada y que les va a garantizar el poder. El gobierno de China, por supuesto, sonríe y utiliza a los países como oportunidad para sus empresas, financiar capital circulante y exportar sus mercancías sin límite, riesgo ni trabas. La estrategia de China es muy inteligente: aprovechar la debilidad de gobiernos incompetentes para aumentar cuota de mercado.
Cuando la credibilidad interna se agota, la inversión extranjera se estanca y la influencia desaparece, aparece China con créditos blandos, inversiones dirigidas y acuerdos de infraestructura que consolidan al régimen y benefician a sus empresas, pero comprometen al país. Sánchez está intentando importar ese modelo a Europa.
Quiere convertir a España en la puerta de entrada cómoda de China al mercado europeo, a cambio de respaldo político, inversiones aparentemente vistosas y una foto de «estadista global».
Es más, Sánchez sigue punto por punto la estrategia del Grupo de Puebla: Espera que China, socio sin límites de Rusia, sea el pilar que extiende a la izquierda totalitaria y depredadora por el mundo. China es más lista. Uno detrás de otro, estos líderes han comprometido su industria y sus países a cambio de un poder que no han retenido y se han encontrado con que, cuando vienen las cosas difíciles, China mira a largo plazo y piensa en el siguiente líder.
La Unión Europea ha definido a China como socio de cooperación en algunos ámbitos, competidor económico y rival sistémico, con un enfoque de limitar riesgos No se trata de romper relaciones, sino de limitar dependencias críticas, sobre todo en tecnología, materias primas estratégicas y sectores sensibles. La OTAN considera a China socio clave militar de Rusia y regímenes como el iraní, con implicaciones directas para la seguridad europea y para la guerra en Ucrania.
El alineamiento bilateral «profundizado» de España con China, presentado como «asociación estratégica» sin matices, afecta a la fiabilidad de España como socio europeo y occidental. Convierte a la Moncloa en la sede occidental donde Pekín encuentra menos resistencia para invertir en sectores críticos, adquirir activos estratégicos o influir en normas y regulaciones.
Detrás de los comunicados amables sobre «energía verde», «innovación» y «economía digital» existe la realidad de una brutal asimetría. Ni en costes, salarios, regulación ni riesgos de capital circulante hay simetría. Para la industria española, esta relación sin límites claros significa un mayor riesgo de competencia desigual, vulnerabilidad de la propiedad intelectual y dependencia en minerales y materias primas.
Sánchez está ofreciendo activos estratégicos a un actor que la propia Unión Europea define como rival sistémico, sin discusión parlamentaria ni evaluación integral de riesgos, a cambio de una promesa de inversiones que suelen quedarse en muy poco para el país y generan pérdida de autonomía industrial y tecnológica.
El lado «correcto» de la historia
La hipocresía de Sánchez es difícil de disimular. El mismo Gobierno que denuncia la «ley de la selva» y se presenta como paladín del derecho internacional y de los derechos humanos guarda un silencio clamoroso sobre China como socio «sin límites» de Rusia y principal proveedor de tecnología militar y financiación, el principal soporte del régimen iraní, proveedor de tecnología militar y de control y represión social, financiación y cobertura diplomática a un Estado que financia a grupos terroristas y acciones desestabilizadoras en todo Oriente Medio y Occidente.
El silencio de Sánchez ante las violaciones sistemáticas de derechos humanos dentro de China es clamoroso, desde la represión en Xinjiang, Hong Kong, la censura masiva, persecución de disidentes y uso de tecnologías de vigilancia al servicio de un Estado autoritario.
Sánchez habla de neutralidad, paz y apoyo a Ucrania, pero se une en un acuerdo estratégico a un régimen que no es neutral ni garante de derechos. Sánchez habla de «defender reglas y valores» mientras firma una profundización de la asociación con un régimen que desafía abiertamente esas reglas y esos valores, y lo hace, además, sin explicarlo al Parlamento ni a la ciudadanía. Rusia ha considerado objetivo militar prioritario a una empresa española y el silencio de Moncloa y el gobierno es ensordecedor.
Un jefe de Gobierno puede y debe mantener relaciones comerciales con todas las potencias relevantes, incluida China, pero no puede convertir a su país en moneda de cambio de su supervivencia personal. La estrategia de Sánchez recuerda demasiado al manual de la ultraderecha latinoamericana. Entregar la política exterior y sectores estratégicos a Pekín a cambio de una red de seguridad para el propio gobernante.
España necesita una política hacia China integrada en la estrategia europea y atlántica de reducción de riesgo y defensa del tejido empresarial que pueda competir en igualdad de condiciones, debatida en el Parlamento, y con líneas rojas claras en materia de industria, tecnología, seguridad y derechos humanos. Lo que ha hecho Sánchez es lo contrario. Un acuerdo estratégico opaco, firmado a golpe de viaje y nota de prensa. Eso no es política de Estado, es táctica de supervivencia. Y los países que han seguido ese camino ya han comprobado que la factura la pagan siempre muy cara.