“Now it’s my assumption, I’m really up the junction”.
Chris Difford, Glenn Tilbrook.

En menos de dos años, todos los indicadores económicos han pasado de dar sorpresas positivas y revisiones al alza a empeorar de manera evidente y generalizada. La tendencia a achacar esta ralentización a factores externos es un subterfugio.
Los chivos expiatorios de la mal llamada guerra comercial y el brexitdeberían ser rechazados por cualquier analista serio, ya que esos dos factores existían hace meses cuando el gobierno se vanagloriaba diciendo que la economía se fortalecía y negaba la ralentización. Además, la última revisión a la baja de estimaciones de la Comisión Europea, por fin, se acerca más a las expectativas de analistas que ya existían hace meses. El consenso de Bloomberg ya reflejaba una caída que no es “alarmista”, como asevera el gobierno. Sigue siendo optimista.
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Tenemos que hablar de los datos del PIB de España, pero no podemos desligar las estimaciones de futuro de lo que está pasando en Latinoamérica.
En esta semana leeremos todo tipo de alabanzas a la labor de Mario Draghi. Escucharemos que salvó el euro, que bajó la prima de riesgo de España de 600 puntos básicos a alrededor de 60 y que ha hecho lo que ha podido. Y sin embargo, muchas de esas alabanzas parecen ignorar el enorme incentivo perverso acumulado en la economía europea.
Mientras otros países de la eurozona y de la OCDE se enfrentaban a la ralentización fortaleciendo el empleo, atrayendo inversión y bajando impuestos, alcanzando las cifras de paro más bajas en décadas, el gobierno de España decidió conscientemente llevar a cabo la política contraria: negar el frenazo y poner todos los escollos y amenazas posibles a los creadores de empleo. El resultado no podía ser más deprimente, como confirma la encuesta de población activa del tercer trimestre del año.