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Bajar Impuestos, Ya

10/11/2013 El Mundo

Desde que empecé a trabajar, la presión fiscal en la Unión Europea no ha hecho más que aumentar. De hecho, Jorge Valín, autor de El gobierno es el problema, mostraba un gráfico extremadamente revelador: España es el país donde más ha aumentado la presión fiscal desde 1965.

Sin embargo, nos dicen constantemente que la presión fiscal es baja y que hay «margen para subir impuestos».

Aquí conviene diferenciar dos términos esenciales: presión fiscal y esfuerzo fiscal. Parecen lo mismo, pero no lo son. El primero mide los gastos del Estado; el segundo, los impuestos que pagan las personas.

La presión fiscal se obtiene dividiendo la recaudación tributaria entre el PIB, por lo que es un dato macroeconómico que depende sobre todo de la actividad económica del país, y no tanto de la bajada o subida de impuestos.

Por el contrario, el esfuerzo fiscal mide el peso que representa la fiscalidad en la renta per cápita, es decir, qué porcentaje de lo que se gana va destinado al pago de tributos. Por lo tanto, afecta de manera más directa al bolsillo de los ciudadanos. Incluye todo tipo de impuestos, desde el IRPF hasta el IVA, pasando por las cotizaciones a la Seguridad Social u otros impuestos directos.

«Trabajamos más de medio año sólo para pagar impuestos, y en 2013 esa cifra aumentó aún más»

Según un estudio elaborado por el Instituto Juan de Mariana y la Asociación Española de Asesores Fiscales y Gestores Tributarios (Asefiget), el esfuerzo fiscal en España se sitúa en el 40%, supera la media de la Unión Europea y la de algunos países como Alemania, Reino Unido y Suecia. Trabajamos más de medio año sólo para pagar impuestos, y en 2013 esa cifra aumentó aún más.

En Europa, los impuestos están ahogando la renta disponible de las familias y hundiendo a la clase media. Según un estudio del Instituto Económico Molinari publicado por Le Figaro, los ciudadanos europeos trabajan hasta finales de junio exclusivamente para pagar impuestos. Lo que se denomina «el día de la liberación fiscal», es decir, la jornada en que dejamos de contribuir a los gastos del Estado.

En 2013, el día de la liberación fiscal en España fue el 12 de junio, ligeramente superior a la media europea, pero tiene truco porque no incluye los impuestos indirectos. Si incluimos todos los impuestos, se sitúa a mediados de julio. En el resto de la Unión Europea, los trabajadores irlandeses son los que menos sufren, trabajando para el Estado hasta el 24 de abril, y los franceses y belgas los más castigados, hasta el 26 de julio y 8 de agosto respectivamente. Esto lleva a que nos equivoquemos cuando tomamos como referente los salarios medios en cada país. Lo que importa es la renta disponible, que es lo que incentiva el consumo.

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En principio, siempre pensamos que las subidas de impuestos van a generar una mayor recaudación, sin embargo, no es así, sobre todo en un mundo globalizado e interconectado.

No olvidemos que los impuestos, al retirar renta disponible, tienen un efecto desincentivador. Por ejemplo, recuerdo cuando trabajaba en una empresa en la que muchas personas me decían que «no merece la pena pasar de subdirector a director, porque la subida de impuestos por cambiar de tramo te hace perder dinero». Eso hacía que mucha gente simplemente no aspirase a ese cambio que, en principio, debería ser positivo y estimulante.

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‘Viaje a la libertad económica. Editorial: Deusto.

A finales de los años noventa tuve un bar. Nuestro negocio siempre declaraba absolutamente todo, teníamos a todos los empleados afiliados a la Seguridad Social, etc. Pero vi lo duro que es para muchos operadores en hostelería poder sobrevivir. Recuerdo algunos proveedores que apenas podían ahorrar tras pagar cuotas de autónomos, y lidiar con retrasos en pagos, aumentos de impuestos indirectos y trabas burocráticas. Muchas veces, la economía sumergida es por necesidad, no por gusto.

Siempre digo que la economía no se sumerge, emerge. Es decir, que la decisión de mover una actividad económica fuera del control tributario no es una decisión tomada por gusto, ya que supone tremendas dificultades, riesgos y consecuencias negativas a medio plazo, no sólo por menores ventas -ya que desde la ilegalidad no se puede crecer adecuadamente-, sino también por otros factores, desde el acceso a crédito hasta la calificación de los negocios y empresas por parte de consumidores y agencias independientes. Y cuando se dan las condiciones medianamente adecuadas, los negocios optan por «emerger» tributariamente, no al revés.

La economía suele estar sumergida cuando la presión impositiva imposibilita la supervivencia de las empresas y negocios en el marco legal. Los márgenes son tan bajos y los costes de mantenerse en la legalidad tan onerosos que simplemente no pueden «emerger». Sin embargo, los negocios de bajos márgenes, muy estacionales o volátiles, siempre salen a la luz de la legalidad cuando la carga impositiva es baja y reconoce el carácter cíclico de sus actividades.

Muchas veces hablamos de la economía sumergida como un fraude, no como una necesidad. Y en una gran parte, lo es. Todos conocemos un caso u otro de trabajadores o negocios que simplemente no podrían existir dentro de un marco impositivo confiscatorio. No es casualidad que en un país donde las pymes generan el 70% del valor añadido, pero se mueven en sectores muy cíclicos y estacionales (turismo, servicios, construcción), siempre aflora la mayor parte de la base imponible -ingresos sujetos a tributación- al bajar los impuestos a niveles no confiscatorios.

De igual manera, una menor tributación puede aumentar la recaudación porque incentiva la actividad, incluso de empresas extranjeras que podrían plantearse instalarse en el país. Sin esa ventaja, esta recaudación fiscal no se produciría.

Además, atrae el consumo y, finalmente, reduce la economía sumergida y el fraude.

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En estos años he visto a más de 150 empresas medianas españolas que simplemente no pueden contratar, por la burocracia y los bajos márgenes que genera tras los aumentos impositivos. En España, en un año se aumentaron todos los impuestos.

«Ni las subvenciones ni el Estado crean empleo. El consumo crea empleo»

Y en un entorno de endeudamiento excesivo, lo que se debe valorar como primera magnitud es precisamente el consumo. Ni el Estado ni las subvenciones crean empleo. El consumo crea empleo.

Una sociedad que cuenta con renta disponible para adquirir bienes y servicios genera un efecto multiplicador positivo muy superior al del gasto público. El consumo, para empezar no genera deuda pública, pero sobre todo, se reparte de manera más uniforme en sectores de alta productividad y margen, y con mayor impacto para el empleo que los planes de crecimiento estatales, que suelen concentrarse en sectores de baja productividad pero muy intensivos en capital, la construcción y obra civil.

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Las subidas de impuestos perpetúan un Estado ineficiente y obeso y crean un círculo vicioso al confiscar renta disponible, lo que destruye el consumo y hunde a las empresas, detiene las inversiones y retrasa la recuperación del empleo. Sin consumo no hay inversión ni empleo.

Cambiemos el círculo vicioso por el círculo virtuoso de aumentar la renta disponible, reducir los gastos superfluos y crear riqueza.

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Siempre nos dicen que es imposible bajar impuestos, porque si no ¿quién construye puentes y asfalta las carreteras? No deja de ser una excusa para contar con un presupuesto superior. Ninguno de los gastos esenciales del Estado está en peligro si el gobierno trabaja con un presupuesto base cero y con prioridades. Además, el crecimiento de la actividad económica aumenta los ingresos.

¿Por qué en la mayoría de los casos no se hace? Cuando se tiene una mentalidad funcionarial, lo que importa es el presupuesto. No cómo se financia ni el efecto en la economía, sino mantener o aumentar la cantidad de dinero que se gestiona. El poder lo da la firma de cheques. Y perder ese poder es diluir influencia.

Por ello, los gobiernos locales, regionales, estatales, nunca piensan en el efecto sobre la economía. Simplemente porque sus incentivos no están en generar crecimiento, sino en aumentar sus «activos bajo gestión», el presupuesto que manejan y su círculo de influencia. Además, políticamente siempre se justifica el gasto, aunque se compruebe que la obra pública en España, por ejemplo, suele superar en un 29% la cantidad presupuestada, según el Tribunal de Cuentas, y en la Unión Europea sea entre un 5% y un 10%.

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No hay soluciones mágicas ni donaciones exteriores. La solución ya está aquí, no por la chequera del gobierno ni los bancos centrales, sino por la innovación, esfuerzo y calidad de nuestras empresas. Dejémoslas crecer. No nos dediquemos a intervenir y entorpecer.

El Pacto del diablo

15/06/2013 El confidencial

“Consensus is the process of abandoning all beliefs, principles, values, and policies in search of something in which no one believes, but to which no one objects” Margaret Thatcher

Las soluciones mágicas no existen. Y, como todos los trucos de magia, la ilusión se convierte en decepción cuando se ven los cables que sostienen al que levita sobre el escenario. La ilusión, por ejemplo, de pensar que los tipos de interés se van a mantener bajos eternamente. O los pactos de consenso, como el coro de Nabucco, para mantener el chiringuito.

Descontar tipos bajos eternamente es un peligro

Nos hemos lanzado a endeudarnos más, mientras bajaban los tipos. Hoy los incentivos perversos de la política económica LOGSE, donde todos pasan de curso suspendiendo, nos llevan a encontrarnos un escenario complicado… sin los deberes hechos.

La Reserva Federal de Estados Unidos lleva una semana intentando calmar a los inversores para que no «reaccionen exageradamente» ante una reducción de la compra masiva de bonos y activos de riesgo que lleva a cabo. Sin éxito. Esperar que el mercado no vaya a reaccionar tras una manipulación tan agresiva es, cuando menos, voluntarista.

Lo comento en mi libro Nosotros, los mercadosNo podemos ignorar los riesgos de una subida de tipos de interés. Jim O’Neill, de Goldman Sachs, lo ha dicho esta semana: «Prepárense para ver los bonos del Tesoro americano (10 años) al 4%». Mientras tanto, el «consenso» repetía una y otra vez «no se preocupen».

El mercado de bonos está globalizado. Si el tipo de EEUU sube, también lo hace Alemania y…

Vasos comunicantes de deuda. Si la rentabilidad del bono americano subiese a niveles fundamentales, acorde con la deuda del país y su déficit.… ¿dónde creen que irían las primas de riesgo de los países europeos endeudados en una carrera sin frenos a ver quién gasta más y reforma menos? Ya saben que la prima de riesgo es el diferencial sobre el activo que se percibe de menor riesgo. La española cotiza respecto al bono alemán. Pues bien, dicho bono alemán sufriría también –aunque menos- si se dispara el americano. El problema está en los que no hemos aprovechado las barras libres de liquidez y tipos bajos para preparar el invierno. Y el invierno llega.

El impacto de una subida del 2% al 4% en el bonos a 10 años de Estados Unidos, según mis calculos, puede superar un 1% del PIB de la eurozona en costes adicionales de deuda. Un impacto que no puede cubrir el BCE, como repitió Draghi en la televisión ZDF esta semana.

El problema es que el endeudamiento público de los países de la eurozona no baja, solo sube. En 2012 la deuda aumentó en casi todos los países, mientras el gasto público sobre PIB crecía del 49% al 49,4%. A esto hay quien lo llama «austericidio» y «neoliberalismo».

Exportamos muy bien… pero los mercados emergentes ya descuentan tipos superiores

El enfriamiento de los principales mercados emergentes, liderados por China, en las últimas semanas, no es una casualidad. La expansión de crédito en China, un 58%, solo genera 23 puntos básicos de PIB cuando la cifra rondaba 80 puntos básicos hace tres años. ¿Qué significa? Que expandir balances –endeudar- cada vez genera un efecto menos relevante en la economía.

España ha visto aumentar sus exportaciones de manera ejemplar a máximos historicos. Es importante monitorizar que el efecto gasto-deuda de nuestros socios no haga pinza con la ralentizacion de los países emergentes y afecte a nuestras exportaciones.

España, a día de hoy, se beneficia más de la austeridad en la UE que del gasto, al contrario de lo que predican ciertos partidos y medios. Si la Unión Europea deja de endeudarse para pagar gasto político y baja impuestos, mejora la actividad y el consumo, y con ellas nuestras exportaciones.

Nuestro sector exportador funciona gracias a la capacidad de competir interna y a la renta disponible de nuestros socios. Si nos dedicamos todos a alimentar el gasto público, la deuda, y restamos renta disponible subiendo impuestos, las inversiones y comercio de todos se desploman. Y no, no se puede sustituir con «planes de crecimiento» –deuda- estatales, enormes planes E de multiplicador cero –por no decir negativo-.

Y es que no hay que olvidar que la expansión masiva de crédito estatal no genera una mejora relevante de la actividad comercial, como muestra el gráfico inferior, en un mundo que expande su base monetaria casi un 4% anual. Si algo demuestra la fortaleza de nuestro sector exportador es que crece en un entorno de desaceleración del comercio global, a pesar de los que critican la fortaleza del euro. Prueba de que“devaluar” y “expandir” eternamente no sea la solución.

El pacto compacto

Todo esto nos lleva a las noticias que leo en El Confidencial sobre el pacto entre Gobierno y oposición para crear un «frente común» en la UE. ¿Suena bien, no? Un pacto para fortalecer a esos exportadores que nos sacan del hoyo, bajar impuestos y aumentar la renta disponible de las familias para reactivar el ahorro y el consumo… Ah, ¿no? Pues no, un pacto de salvaguardia y protección de la burbuja estatal que no queremos pinchar.

No es un pacto para cercenar el gasto político de la España Enron que esconde deuda en miles de pequeñas entidades, que siempre son el chocolate del loro, pero suman cada vez más.

La deuda pública ha marcado otro récord a marzo al llegar al 88,2% del PIB. La deuda de las CCAA se ha incrementado un 29,51%, hasta 189.589 millones, el 18,1% del PIB, con los gastos aumentando. “Austericidio”.

«No se puede hacer todo de una vez»; «hace falta tiempo»;  «no es el momento»;  «no hay margen».

España se lanza a un gasto público –fundamentalmente gasto corriente- de unos 500.000 millones en 2013. Sin embargo, jamás ha recaudado más de 410.000 millones. Añádale los gastos que quieren pactar «para crecer» y ¿qué déficit vamos a acumular? ¿Un 8% eterno? Supongan –y es mucho suponer- un multiplicador positivo de 2x de ese gasto en tres años. ¿Qué soluciona? Nada. Y luego vienen los costes de esos «planes de crecimiento». No les tengo que contar el «efecto divisor» del despilfarro.

Por eso, inversores como PIMCO temen que algunos países europeos se lancen sin red hacia un impago que el BCE no puede contener, porque el peso de la deuda acumulada y los países en dificultades aumenta. Y en cualquier caso, el balance del BCE lo paga usted también, no lo dude. Tenemos que evitarlo. Es imperativo.

Leo los ocho puntos del supuesto pacto, y cinco suponen más deuda, más gasto y rescates bancarios con el dinero de otros, por supuesto. Otros 60.000 millones de «crecimiento» para invertir en…. Ah, ya se verá, usted deme el cheque, que tengo más de 3.000 empresas públicas y cuarenta y tantos entes regionales y diputaciones a los que alimentar. Cuando uno va a invertir, presenta un plan de negocio. Aquí se pide primero y luego se piensa en qué farolas vamos a reemplazar. Uno, solo uno de los puntos, es «libre comercio». Bien. Supongo que el punto del pacto en el que exigen que no se extorsione a ciudadanos con más impuestos lo están redactando.

Tengan en cuenta el riesgo de las subidas de tipos de interés y de la ralentización del comercio global, y cuiden los sectores que nos están sacando de la crisis como si fueran oro. Recuerden que mirar hacia otro lado y los planes de «crecimiento» –deuda- han extendido la crisis, no la han solucionado. Luchen por aumentar la renta disponible de todos, no el gasto de burbuja de unos. No hace falta un pacto para tomar las decisiones duras que todos sabíamos y sabemos que deben tomarse. Para cortar costes superfluos como exige el BCE, la UE, los españoles o los inversores. Para defender a los ciudadanos de nuevas subidas de impuestos o para bajarlos, que es lo que necesitan las empresas y familias para reactivar la economía y el consumo.

El consenso es la mediocridad. Este país de relativismo enganchado a supuestas soluciones mágicas no necesita pactos, y luego decir que «no se hizo suficiente», «hubiera sido peor» o «hay que repetir». Necesita liderazgo, firmeza y decisión para cortar un sistema caro y rentista. Así salimos, seguro.

Gracias, Thatcher

8/4/2013 El confidencial

«The single currency will be fatal to the poorer countries because it will devastate their inefficient economies”. Margaret Thatcher en 1990

A finales de los años 70, Gran Bretaña sufría de tres males que nos parecerán bastante familiares a los europeos de hoy: un desempleo desbocado, un sector público hipertrofiado y una política impositiva confiscatoria.

Margaret Thatcher tenía todas las cartas en su contra. Mujer, de clase humilde, y poco dispuesta a consensuar y aceptar lo que los estamentos le imponían. Pero llegó. Y su revolución ha cambiado el mundo. Para mejor.

Cuando Thatcher llegó al poder, la inflación superaba el 20%, el país estaba en manos del Fondo Monetario Internacional, al borde de la quiebra, y secuestrado económicamente por sectores clientelistas, no sólo los sindicatos, sino también una clase empresarial extremadamente dependiente del Estado. Socialismo con oligarcas excluyentes. ¿Les suena?

El Reino Unido era “el enfermo de Europa” (the sickman of Europe), según el Banco de Inglaterra. Las recetas de los Gobiernos eran siempre las mismas. Subir los impuestos, mantener el Estado asistencialista y “estimular la demanda” desde el gasto. Para subir los impuestos de nuevo, al fracasar.

Cuando Margaret Thatcher fue expulsada del poder en 1990, dejaba un país que volvía a ser líder mundial, una economía sólida, dinámica, con reguladores independientes, donde el estado es servicio, no desincentivador de inversiones y procurador de favores, y donde las palabras empresario y éxito no son insultos. Un país donde crear una empresa se hace en un día por el coste de dos happy meals, donde se crearon pymes que hoy son líderes globales. ¿Una economía perfecta donde todo es de color rosa? No, para nada. Pero olvidamos de dónde venía.

Mucho se ha hablado de los sindicatos en los 70 y su poder (“té y sándwiches en Downing Street”, les llamaban), pero no de su impacto económico. Las huelgas constantes en el Reino Unido de mediados de los setenta creaban un impacto económico doble: recesión y rechazo del capital inversor a poner dinero en el país.Invertir en Inglaterra era garantía de confiscación por impuestos. ¿Les suena?

Hay cosas que el Gobierno de Thatcher hizo que hoy ignoramos porque lo que existía antes nos parece simplemente inimaginable. Control de capitales. Sí, el Reino Unido mantenía controles de cambio y de capitales desde los años 40. Hoy, la libre circulación de capital nos parece normal y lógica. Eso lo cambió Thatcher en dos meses.

Unos impuestos que llegaban al 83% de la renta en ciertos tramos. ¿Recuerdan aquellos discos que grabaron los Rolling Stones o The Who en países exóticos durante los setenta? No era para viajar y conocer mundo. Era para escapar del fisco. El Reino Unido era un infierno fiscal. ¿Les suena?

Austeridad, bajada de impuestos e inversores

Thatcher hizo lo que se suponía imposible: austeridad, bajar impuestos y atraer capital. Y cambió un infierno fiscal, trampa para el capital que se había gestado durante décadas, en pocos años.

Siempre dicen que su mandato tuvo dos recesiones, y es cierto, pero nadie dice cuánto se tardó en salir de las mismas. La mitad de tiempo que en sus países comparables de Europa. Porque siempre que hablamos de la era Thatcher olvidamos lo que ocurría a nuestro alrededor.

Los críticos hablan del aumento de la desigualdad en el Reino Unido durante su gestión. De nuevo, olvidando de dónde salía el país. Y la base de la que partía.

Los salarios básicos aumentaron muy por encima de la inflación, la renta disponible y su riqueza crecieron para las clases más desfavorecidas. Durante el mandato de Thatcher, el porcentaje de mujeres que trabajaban creció un doble dígito, pero además las mujeres empresarias se multiplicaron. Se hizo un país donde la gente sabía que si se esforzaba y ponía empeño, ganaría ¿Igualdad? No, libertad. Y los ciudadanos lo valoran. La inmigración que viene a este país sabe que puede prosperar y crecer. Claro que puede fallar. Pero también, curiosamente, valoran el sistema de asistencia social.

La privatización de empresas públicas al borde de la quiebra fue otro de los pilares de la política económica de la era Thatcher. Pero la privatización era más que una manera de recuperar control sobre el déficit y reducir deuda, de mejorar la gestión. Lo realmente importante, y que también ignoramos porque lo damos por hecho, es que con Thatcher se introdujeron reguladores realmente independientes, no un brazo más de un Estado clientelista, sino unos reguladores que garantizan que las reglas de mercado son a la vez justas y transparentes.

Olvidar la base de la que partió es parte del injusto análisis que se hace a la época de Thatcher. La esperanza de vida aumentó en casi tres años entre 1980 y 1990, más que en la media de la OCDE. Curiosamente, fue la privatización de muchos servicios no esenciales la que permitió enfocarse en mejorar una seguridad social que era un auténtico desastre. ¿Era una maravilla en 1990? No. Ni hoy. Pero, de nuevo, no podemos olvidar de dónde se partía.

Ignoramos también lo que es la inflación, el impuesto silencioso, y su efecto devastador sobre la economía. En 1979 se daba por hecha, como algo “inevitable”. Bajar la inflación de un 21% al 12% fue un auténtico éxito que no se puede achacar solo al petróleo del mar del Norte, como hacen algunos. Además, dicho petróleo comienza a ser una inversión atractiva cuando los Gobiernos de Thatcher empiezan a comprender la importancia de atraer capital.

Y es ahí donde Margaret Thatcher fue, y es, un éxito rotundo. De ser un país de bajo atractivo para el inversor, el Reino Unido pasó a ser uno de los países con mayor balanza financiera positiva. Entender las dificultades de la economía y trabajar con ellas, hacer de los errores oportunidades y dejar que los sectores pujantes florezcan fue también un cambio histórico. No entorpecer, no intervenir, no usar paternalismo económico que usted paga con más impuestos. Claro que la City ha sido esencial. Pero ya existía. Thatcher contribuyó a su desarrollo como motor económico global. Hoy la City de Londres provee al país de más ingresos por impuestos que Escocia.

Coto a la casta política

Thatcher no redujo el gasto público en sus primeros años. Pero lo contuvo de manera ejemplar y luego lo redujo. Su austeridad fue atacar el gasto político, las subvenciones, los enormes costes de un Estado hipertrofiado. En el Reino Unido, uno no ve políticos con veinte asesores, chóferes, mayordomos y sequitos. Cortó muchas cabezas de muy altos cargos.

Otro de los éxitos de Thatcher fue cambiar esa casta. Hoy es primera página, dimisión y escarnio público cuando un político gasta 200 libras en cursos injustificados.

Por supuesto, donde Thatcher tuvo una absoluta clarividencia fue en rechazar la moneda única y los avances intervencionistas de Europa. Hoy nos parece normal, y hasta típico inglés, pero en aquella época la Dama de Hierro tuvo que luchar encarnizadamente contra su propio partido y la oposición para defender la libra, la independencia económica y resistirse a ser engullida por una construcción europea que ya apuntaba maneras de planificación centralizada casi-soviética.

Yo llevo muchos años viviendo en Inglaterra. La figura de Thatcher sigue generando controversia y opiniones dispares. Como todos los grandes líderes. Cometió errores, claro. Muchos. Pero, en mi opinión como observador externo, el mayor legado de la Dama de Hierro es que hoy, en este país, casi nadie, sea laborista, liberal, conservador o independiente, defiende el intervencionismo que asolaba el país en los setenta. Porque los votantes saben que no funciona. Porque nadie quiere volver a aquella Inglaterra desolada. Los principios de libertad económica, de apertura y de mercado son ya parte del ADN de un país que hace pocas décadas era un erial estatista.

No, Margaret Thatcher no era perfecta. Ni aplicó todo lo que defendía. No pudo. Pero por muchos errores que cometiera, y muchas críticas, algunas merecidas, hay mucho que los ciudadanos del Reino Unido y del mundo le debemos. Defender la libertad, el esfuerzo, ser un ejemplo de cómo se puede llegar lejos sin contar con privilegios. Haber sacado a su país del destino de ser el “enfermo de Europa”.

Siempre que voy a España me dicen que los principios de austeridad, apertura y libre mercado no se pueden aplicar porque “somos así”. El Reino Unido era “así”. Gracias a Margaret Thatcher, probablemente nunca más lo será.

Descanse en paz.